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Lunes 04 de agosto de 2025 - 01:00 AM

Silencio e ignorancia: orfandad cultural de nuestra radio

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La reciente desaparición de la emisora HJCK es un síntoma alarmante de este abismo cultural al que parecemos condenados; un abismo forjado, en gran medida, por la ignorancia que campea en los círculos del poder (y el poder en manos de la ignorancia es la barbarie), un hecho que se manifiesta en la paupérrima visión cultural de muchos de nuestros mandatarios, en los ámbitos local, regional y nacional.

Es común ver cómo los entes culturales se entregan como premios de consolación a personas sin la menor sensibilidad o conocimiento en la materia, que no distinguen entre cultura y arte, o, peor, entre cultura y turismo y recreación. Así, las oficinas de cultura terminan siendo un revoltijo de funciones, porque le cuelgan deportes y fiestas y cocteles, que desdibujan su propósito esencial para terminar siendo lo que no deben ser.

La radio comunitaria, en sus inicios, se perfilaba como una luminosa promesa para fortalecer nuestra identidad cultural; sin embargo, en un giro paradójico, muchas de estas emisoras han devenido en altavoces de la narcorranchera, esa expresión cultural mexicana que, si bien tiene su lugar, inunda nuestro dial y desplaza nuestras propias sonoridades.

La justificación para esta inundación musical es siempre la misma, «es lo que la gente pide», una frase que esconde la verdadera dinámica del consumo musical: la repetición. En el mundo musical, la gente suele pedir lo que tiene en el oído, lo que la emisora le ha taladrado sin cesar: Coqueta (tan bella canción) es lo que hoy reclaman, ayer fue Despacito y mañana será otra melodía impuesta. Las emisoras, en lugar de ser formadoras de criterio, se convierten en meros amplificadores de una demanda prefabricada, del asocio de música con ruido, con agitación del cuerpo, con fiesta. Hemos negado la vasta riqueza de la música clásica y, paradójicamente, de nuestra propia música andina colombiana, porque no encajan en la estrecha categoría de “ruido para la fiesta”.

En Santander, y me atrevería a decir que en gran parte del país, las emisoras están lejos de ofrecer una producción verdaderamente cultural. Si bien hay alternativas, lo cierto es que falta una orientación cultural clara. Las emisoras no deberían ser simples vitrinas de éxitos efímeros, sino plataformas de formación artística, espacios donde la música se celebre como un arte que enriquece el espíritu, no como un mero telón de fondo para el entretenimiento.

Es hora de reclamar nuestros silencios, de exigir criterios en nuestras transmisiones y de entender que la cultura no es un premio de consolación, sino un pilar esencial para la construcción de una sociedad más consciente y sensible. ¿Seremos capaces de revertir esta tendencia y devolverle a la música el lugar que se merece en nuestras ondas?

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