Hace dos semanas escribí sobre el envejecimiento y sobre la ciudad en la que queremos vivir al llegar a la vejez. Desde entonces le he dado vueltas a esa idea, reciente en la historia humana. En apenas un par de siglos pasamos de preocuparnos por llegar a los 40 años a preguntarnos cómo vivir con dignidad hasta los 90. Ya no tememos, estadísticamente, a una muerte temprana. Ahora, tal vez, lo que tememos es vivir demasiado.
Durante la antigüedad y la Edad Media, la esperanza de vida al nacer rondaba entre los 25 y 35 años. Vivíamos y moríamos entre guerras, pestes, infecciones y hambrunas. Un parto complicado podía cerrar un ciclo que apenas comenzaba. La vida era frágil, y en cierto modo más simple. El más allá estaba cerca, quizá por eso tanta devoción. Había que nacer, crecer, aprender un oficio heredado, reproducirse, hacerlo rápido y morir.
Hoy, apenas dos siglos después, la historia es otra. Los antibióticos, las vacunas, el agua potable, el alcantarillado, la nutrición y los tratamientos médicos han extendido nuestra trayectoria vital. En algunos casos se ha duplicado. En países como Japón y Suiza, la esperanza de vida ya supera los 84 años. En Colombia, estamos en los 77. Eso lo cambia todo.
El matrimonio, por ejemplo, fue concebido para una vida más corta. En el siglo XIX, implicaba unos 20 o 30 años de convivencia, hasta que uno de los dos muriera.
Generalmente enviudaba la mujer. Hoy, si alguien se casa a los 30, está firmando un compromiso que puede durar 50 o 60 años. O puede que termine casándose tres veces con el “amor de su vida”, que en realidad es el amor de distintas etapas dentro de una misma vida.
No estamos preparados para vivir tanto. Seguimos tomando decisiones con una mirada de corto plazo, como si aún habitáramos un mundo donde la vida rara vez supera los 40. No somos completamente racionales: sobrestimamos nuestras capacidades, subestimamos el futuro y evitamos imaginar escenarios incómodos. Firmamos hipotecas a 30 años sin pensar qué pasará cuando falten 10, ni en qué condiciones estaremos.
Elegimos pareja, carrera o estilo de vida sin pensar que conviviremos con esas elecciones seis o siete décadas. Por eso, antes de decir “hasta que la muerte nos separe”, conviene recordar que ese trecho es cada vez más largo. Si tiene hijos, probablemente compartirá con ellos el grupo de tercera edad. Ahorre. Compre Bitcoin si quiere. La pirámide poblacional cambia, y con ella aumentará la edad de jubilación. Cuide su cuerpo, sus vínculos, su salud mental. Y si la vida va a ser larga, que al menos sea amable. Si no puede ser bella, que sea soportable.











