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Sábado 16 de agosto de 2025 - 01:00 AM

La política después de Miguel

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Hacer política en Colombia hoy es caminar por un campo minado. No solo por las balas, sino por el odio, la mentira y la estigmatización que se han vuelto parte del juego. Vivimos en un país que parece haberse resignado a ver caer a sus líderes como si fueran piezas sacrificables en la guerra por el poder.

Miguel murió dos meses después de un atentado que nunca debió ocurrir. Y lo más grave es que, mientras su vida se apagaba, Colombia seguía en lo mismo: polarizada, intoxicada por discursos de odio, incapaz de sentarse a acordar lo mínimo. Hemos convertido la política en un deporte de demolición, donde el objetivo no es convencer, sino aniquilar al contrario.

En este clima, creer en la política se ha vuelto un acto de riesgo. Y sin embargo, seguimos necesitando gente que lo haga. No para incendiar plazas, sino para construir consensos que nos permitan salvar lo básico: la vida, la democracia, la dignidad.

Después de Miguel, la política en Colombia necesita un acuerdo serio. Un pacto que empiece por garantizar la vida de quien piense distinto, por erradicar la estigmatización, por blindar las campañas contra la mentira y la violencia, y por devolverle a la palabra su valor de puente, no de bala.

Ese pacto exige también responsabilidad de los líderes de opinión, de los medios y de la ciudadanía. No basta con culpar al otro lado. Hay que renunciar al odio como combustible, a la mentira como estrategia y a la indiferencia como excusa. La política no se limpia sola; se limpia cuando la sociedad entera se niega a tolerar la suciedad.

Demanda, además, que las instituciones cumplan su deber sin cálculo electoral, que la justicia actúe sin miedo y que la seguridad sea una política de Estado, no un discurso de campaña. Sin eso, todo lo demás es teatro político mientras seguimos enterrando líderes y normalizando la tragedia como si fuera parte inevitable de nuestra cultura democrática.

No hay país posible si seguimos viendo al adversario como enemigo. No hay democracia si la oposición se paga con la vida. No hay futuro si la diferencia se castiga con plomo.

Miguel no era perfecto, como nadie lo es, pero tenía algo que escasea: carácter. Dio la cara, dijo lo que pensaba y nunca se escondió. Honrar su memoria no es poner su foto en un afiche; es garantizar que otros puedan hacer lo mismo sin terminar muertos.

Si después de Miguel no entendemos esto, la política dejará de ser la herramienta para construir país y se convertirá en un callejón sin salida, donde la mezquindad y el odio terminen por acabar con todos, sin importar de qué lado estemos.

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