Sobra tanto en lo que se dice -los discursos, los documentos técnicos, los comentarios en redes, y hasta los insultos- que cabe un llamado a la austeridad y la precisión. Menos sería más, porque lo que excede crea distorsiones y conflictos. Aburre y hasta indigna la retórica sobresaturada de este tiempo, al final nada queda claro.
En literatura alguna vez alguien dijo que un texto es bueno, más por lo que el autor le quitó, que por aquello que dejó. En cortar es donde surge el arte. La ecuación casi imposible sería: que sea simple y a la vez devastador. No se trata de escribir con frases de cajón como las de la IA, sino de buscar simplicidad sin caer en la ramplonería y sobre todo lograr movilizar intelectual y emocionalmente al lector. Lo logran bien algunos autores consolidados.
Pensando en esto recordé a algunos, pero me quedé con la argentina Selva Almada (1973).
Tiene la virtud de un estilo ‘ahorrativo’, sí, pero tan atrapante que más parece un eficaz anzuelo que una entramada red de pesca. Uno de sus primeros trabajos, el que le dio voz también política, es la crónica “Chicas Muertas” (2014), que se convirtió en un texto angular de la denuncia de la violencia en contra de las mujeres en su país. Otro destacado internacionalmente es la novela “El viento que arrasa” (2012) ganadora del First Book Award en Edimburgo (2019), que inaugura su trilogía de varones. Recomiendo el que es, para mi, su texto mejor logrado: “No es un río” (2020). Una novela en torno a tres pescadores que empujan su cotidianidad entre hilachas de trágicos sucesos del pasado y sus relaciones con los animales, las mujeres; todos curtidos por la jungla y la precariedad. Un relato que descarna con puntería las polaridades de lo femenino y lo masculino, lo rural y lo urbano, lo virtuoso y lo necesario.
De su prosa costumbrista, cargada de emotividad contenida y apenas asomada en gestos de los protagonistas y escenarios de río, sonidos de selva y aldea, surge también un mensaje político sobre la realidad de las comunidades rurales apartadas: acorraladas entre la naturaleza, la pobreza y el desamparo. Pero sus textos son además profundamente humanos por la abstención en el juzgamiento moral de los actos y por el contacto compasivo y apenas visible con la fibra interna de los personajes, tan llenos de accidentes como nuestra propia geografía latinoamericana. Una inmersión sin conceptualizaciones a los esquemas coloniales de exclusión, supervivencia rebuscada y arraigados prejuicios de género, que nos quita la mirada de ese panorama falaz y superficial que nos pretende imponer la retórica política, tan distante de la realidad.












