En 1657 llegó a visitar el pueblo de indios de Bucaramanga el juez Pedro Robayo. Su informe es el mejor de cuantos dejaron los visitadores que por aquí pasaron. Encontró una capilla doctrinera, de bahareque y paja, administrada por el cura Francisco Sarmiento, ricamente dotada de cálices, patenas, crucifijos, lienzos, casullas, misales, estandartes y, sobre todo, un retablo nuevo de Nuestra Señora de Chiquinquirá, nuestra patrona celestial desde los tiempos del pueblo de indios, heredada por la parroquia erigida en 1779.
Contó 262 almas de indios de diversas procedencias, agrupados en cinco parcialidades: la de los bucaricas y bucaramangas, con 117 almas; la cuadrilla de lavadores de arenas auríferas del río del Oro, con 105 almas de todas las clases; los lavadores de Cachagua, con 18 almas; los lavadores quebejos que había traído de la villa de San Cristóbal Andrés Paéz de Sotomayor, y los lavadores de Canta. Solo la parcialidad del río del Oro había entrado a la Corona, pues las demás todavía eran encomiendas de los capitanes Jerónimo Fernández de Velasco, Amador de Ospino, Andrés Gordillo y Juan Franco de Velasco. Interesa saber que eran indios de muchos grupos, pues además de bucaricas, bucaramangas, cachaguas, quebejos y cantas encontramos muiscas, cucas, guacas y cácotas.
Todos eran indios ladinos que hablaban castellano y que podían tributar 12 castellanos anuales. Eran indios ricos, comparados con los que trabajaban en los trapiches del Pie de la Cuesta, al punto que no sembraban nada, porque podían comprarlo todo. Más interesante, existían indias lavadoras de arenas auríferas, fieramente independientes. Como dijo don Diego de Opaga, capitán de Bucaramanga, no tenían caciques y vivían en libertad, tratando de buscarse la vida con su trabajo para proveerse de todo lo que les era menester. Este juez confirmó que Bucaramanga vino al mundo en 1622 gracias a la orden dada por el oidor Juan de Villabona Zubiaurre, quien asignó el globo de tierras resguardadas comprendidas entre los ríos Frío y Suratá, con lo cual los indios tuvieron tierras de sobra, hasta que muchos gironeses establecieron estancias en ellas y formaron la feligresía que erigió la parroquia de San Laureano.











