Ir a Pamplona, lo hacíamos desde niños y desde esa época, hemos sentido la sensación maravillosa de entrar a otro mundo, entrando al silencio del páramo, a su cielo, a sus estrellas, a su frío, a su paisaje que ni el maestro Gonzalo Ariza, el “pintor de los Andes” con sus acuarelas mágicas logró transmitir. Lleno de neblina, de robles (el noble roble: “De sus ojos fuertemente llorando, volvía la cabeza al robledal”, el Cid).
Esos páramos nos transmiten plenamente la belleza que se siente cuando uno ve los paisajes de Mutiscua, “de donde vino mi mamá”, de Pamplona, de Silos y de toda esa “sinfonía de colores” que dan los cultivos de hortalizas, el ruibarbo que trajo el alemán, don Adolfo, que llegó después de la Segunda Guerra Mundial y fue sembrando esa generosa tierra de rábanos, remolachas, zanahorias y berros que acompañaban su cordero. Ese paisaje multicolor que dan los cultivos de hortalizas perece, por la sensación que causan, “plasmadas por un pintor superior” de esos, como Leonardo, que integraban todo y sentían igual. Y estaba la neblina y estaba el frío, camino a la finca de mi mamá y estaba el pan sacado del horno, caliente, “más bueno que el pan” y el canto de los “miracielos” y la abuela esperando, venida de Pamplona a consentir los nietos.
Esa tierra cuya vocación es alimentar a Cúcuta, Bucaramanga y medio país. Grande es la vida que corre por el campo.

Esa región, sin destruir la tierra, nos está dando ejemplo de cómo se salva una Nación. Pueblo que se nutra bien y se eduque, no tiene sino espacio para la creación de un mundo mejor. A pesar del desprecio practicado por muchos gobiernos a los campesinos, estos entienden que el amor a la tierra es superior.
Volvamos al alemán, que renovó y enseñó a los campesinos a cultivar. Lo que no han hecho los gobiernos, traer misiones extranjeras para el campo, para la ciudad para sacarnos de está mediocridad de líderes negociantes, de esta fatiga medieval en que nos tienen.
Esa alma solitaria, don Adolfo, agachado sobre el terreno, pasaba sus días. El sábado, con su vestido más elegante, “se iba” para Pamplona a emborracharse con aguardiente (como muchos alemanes venidos con Lengerke, acá, en Bucaramanga). Volvía dando tumbos a su casa solitaria. El lunes religiosamente madrugaba y desayunaba con cordero y berros, a repetir la rutina de amar la tierra.
A esos pueblos generosos, donde reina la niebla que en ocasiones nos hace creer que hay fantasmas y al perdido alemán, les damos las gracias. Son los campesinos de esas montañas los que han construido patria: “Te llevo en mi corazón, grabado a fuego, un tesoro escondido, un eterno juego, patria mía”, Caro.










