“Los que hallaron el norte seguían su camino; el olor a pólvora, a sangre y los gritos de victoria. Los que no, buscaban el oriente para descansar de una guerra que ya había llegado a su final.”
Encontrarse consigo mismo no es nada fácil. Tampoco empuñar un arma, ni mucho menos decirle a otro que la empuñe por uno. Encontrarse con uno mismo no es descargarse en los demás, ni silenciar al que actúa diferente. Defenderse es un acto legítimo, pero no debe ser la excusa para cederle a alguien la responsabilidad de aniquilarse mientras aniquila a los que nos quieren aniquilar. Entonces, ¿cómo podemos encontrarnos con nosotros mismos cuando hemos vivido en tiempos de guerra desde que tenemos uso de la razón? En estos casos la memoria es clave.
Curiosamente, el virus de la guerra se propaga como la intención de defenderse entre quienes no tienen defensas para resistirse al contagio, justamente, de ese mismo virus. El que busca la guerra la encuentra, pero es ella la que primero lo toma por sorpresa.
Adelantarse a los acontecimientos del futuro es una táctica de guerra heredada de los antiguos combatientes que, como todos (o casi todos) también le temían a la muerte.
La muerte y la guerra se combinan dándole paso a la destrucción masiva, como si se tratara de un acto congregante. La guerra no supera la labor de la muerte, y, esta, a diferencia de la poesía no deja trazos que perduren en la tradición de la palabra. Porque la muerte le roba a la guerra aquello con lo que no pudo convivir. Y se matan los hombres en una sinrazón. Y roban y matan a sus mujeres y a sus niños; y cruelmente los condenan a llevar una heredad de desolación, frío y tristeza. En el alma.
Perdimos la guerra y soplan nuevos vientos, como suele pasar en los planetas. “El parpadeo de la lámpara de cine” hace posible lo innombrable; la película está en los ojos de todos los asistentes a la sala, y en la pantalla se escucha y se mira ente que dice que ya se terminó la Guerra de los Mil Días. Y la muerte y la guerra se congrega en la pantalla con una reciente obra maestra de la filmografía latinoamericana: Adiós al amigo. La película santandereana que culmina su segunda semana en cartelera y que usted puede ver hoy miércoles o cuando la vida, la guerra o la muerte lo empujen a verla.
Adiós al amigo, película de Iván Gaona y Mónica Juanita Hernández, inicia una nueva etapa del cine Santandereano al existir en un sistema de indiferencia y exclusión frente a las regiones y a su cine.










