Lo que pudimos ver y lo que no, en las conversaciones de Alaska y Washington de los últimos días, permiten hacer algunas consideraciones en términos de para donde va la política mundial.
No cabe duda que los resultados de la guerra en Ucrania marcan un punto de inflexión en la estructura del poder internacional que transita de la unipolaridad estadounidense de finales de la Guerra Fría a una dinámica multipolar en la que Rusia y China rivalizan con Washington.
Luego de más de tres años de guerra Rusia consolida su poder internacional y tras años de aislamiento diplomático, regresó al centro del poder global, con tapete rojo y todo, en la cumbre de Alaska promovida por Trump.
Esto mientras Estados Unidos aparece como el líder de un occidente en declive en el que la Unión Europea y particularmente, Alemania, el Reino Unido y Francia juegan un papel cada vez más secundario. Fue penosa la pasividad mostrada por los líderes europeos frente a Trump en la reunión del lunes en la Casa Blanca.
Mientras se concreta un encuentro a tres bandas entre Trump, Zelensky y Putin, que podría ocurrir en Budapest; el eufemismo trumpista del “intercambio de territorios” sugiere que Putin, quien no parece tener prisa en que la guerra termine, logrará su pretensión de mantener bajo control la estratégica península de Crimea y los territorios del este ucraniano que ha conquistado militarmente; discutir un acuerdo de paz permanente, en lugar de un simple alto al fuego; al tiempo que la no entrada de Ucrania en la OTAN, algo que evoca la doctrina de la “soberanía limitada” de Brézhnev.
Las tres horas y media de conversaciones entre Putin y Trump en Alaska parecen haber allanado el camino para que Rusia pueda garantizar su zona de influencia.
En ese sentido es inquietante, que casi de manera simultánea con los diálogos de Alaska, Estados Unidos ordenara un poderoso despliegue militar estadounidense en el Caribe. Al respecto no podemos pecar de ingenuos pues como lo advertí en mi anterior columna, la guerra contra el narcotráfico de Trump no pasa de ser una excusa; lo que Washington busca es un cambio de régimen en Venezuela, como lo hiciera en Libia o el Irak, no para que allí florezca la democracia y la prosperidad sino para controlar el Caribe y el Amazonas como parte de su espacio vital, en la disputa estratégica con China.
Algo potencialmente catastrófico para las naciones de Latinoamérica.












