“Donde hay comercio, no entran las balas”. Con esta frase atribuida al economista francés del siglo XIX Frédéric Bastiat, que asocia el libre comercio con la paz, fuimos formados miles de economistas en el mundo. En una clase de comercio internacional resultaba casi una herejía advertir los riesgos de una balanza comercial negativa, la pérdida de soberanía económica o la destrucción de la industria bajo la apertura. La ortodoxia repetía que abrir mercados era sinónimo de progreso y que el Estado debía reducirse a allanar el camino hacia la globalización.
Quien se atreviera a cuestionar estas ideas era tildado de maoísta anquilosado en el tiempo o de populista cepalino, aquellos que defendían la industrialización mediante la sustitución de importaciones. En Colombia, la apertura económica de los años noventa se lanzó con la célebre frase de César Gaviria, “Bienvenidos al futuro”, que terminó por sepultar los proyectos de industrialización y reducirlos a simples reliquias del desarrollismo. Se instaló entonces la ilusión de que abrir las fronteras bastaba para garantizar modernización y competitividad, mientras la industria nacional quedaba expuesta a una competencia profundamente desigual.
Pero en estos tiempos, donde todas las distopías pueden hacerse realidad, hasta el evangelio del libre comercio fue negado por sus propios apóstoles. Estados Unidos, que durante décadas presentó la apertura como sinónimo de modernidad, terminó levantando un muro de aranceles y blindando sectores considerados estratégicos. Con Trump, el proteccionismo regresó al escenario, y el “America First” no fue más que la receta que otrora habría significado la excomunión.
Sin embargo, nada de esto es realmente novedoso. La historia económica está llena de ejemplos en los que las potencias usaron el proteccionismo para fortalecerse y, cuando alcanzaron la cima, se dedicaron a predicar la apertura. Ha-Joon Chang lo sintetizó con una metáfora poderosa: la “patada a la escalera”. Los países ricos escalaron gracias a aranceles, subsidios y políticas industriales, pero una vez arriba, dieron la patada para que nadie más pudiera subir del mismo modo. Lo que parece incoherencia es, en realidad, la lógica con la que las superpotencias aseguran su dominio en tiempos de crisis.
Mientras a nosotros se nos exigió abrir sin reservas las fronteras y abrazar el libre comercio como único camino al desarrollo, las superpotencias nunca dejaron de blindarse. América Latina quedó atrapada en un libreto escrito en Washington que ni en Washington respetan. La verdad es evidente: la economía no es un dogma, sino un campo de poder donde quien dicta las reglas se reserva el derecho de romperlas. En medio de ese vaivén, lo esencial es atrevernos a escribir nuestro propio guion, dejar de ser alumnos obedientes al manual y empezar a diseñar modelos que respondan a nuestro interés nacional.










