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Sábado 23 de agosto de 2025 - 01:00 AM

¿Qué elegimos cuando elegimos?

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En cada elección en Colombia reaparece la misma pregunta incómoda: ¿qué nos motiva como electores a la hora de elegir gobernantes? Las evidencias sugieren que, más allá de propuestas sólidas o trayectorias probadas, lo que muchas veces pesa es la promesa de prebendas individuales o la ilusión de estar cerca del poder. Votamos, en no pocos casos, pensando en lo que el candidato puede darme a mí —un contrato, un favor, una beca, un puesto— y no en lo que puede entregar a la sociedad en su conjunto.

Hace algunos años, cuando hice campaña convencido de que las ideas y la transparencia podían más que la maquinaria, un campesino me abordó con una franqueza desarmante: “Doctor, ¿y usted qué me va a dar?”. Le respondí que podía darle un bulto de cemento, pero con dos condiciones: que no sería para él solo, sino junto a 50 vecinos más, y que no sería para sus fincas, sino para una obra comunitaria escogida por consenso. De inmediato se desanimó y se fue. La moraleja fue clara: muchos siguen esperando recompensas individuales e inmediatas y desprecian las que son colectivas y de largo plazo.

Ese cortoplacismo clientelista termina hipotecando el futuro colectivo. El voto que se entrega por un beneficio inmediato es, en realidad, un contrato perverso: se vota a cambio de migajas, y se entrega a cambio de años de corrupción, ineficiencia y deterioro institucional. No es casualidad que muchos de los escándalos más grandes de corrupción hayan tenido raíces en campañas derrochadoras, en candidaturas que desde el inicio mostraban que cada camioneta blindada, cada regalo y cada despliegue de poder eran, en sí mismos, una advertencia: quien gasta sin límites en campaña lo hará con mayor hambre al llegar al poder para “recuperar la inversión”.

La austeridad, en cambio, rara vez es premiada. Un candidato o candidata que llega sin caravanas, que hace campaña con argumentos y con un equipo modesto, suele verse como débil o incapaz, cuando en realidad puede estar enviando el mensaje más poderoso de todos: que la política no debe ser un negocio, sino un servicio. Pero a nuestra cultura política le cuesta leer esas señales. Preferimos la estética del poder a la ética del poder.

Colombia no está condenada a este círculo vicioso, pero requiere un cambio profundo en la mentalidad del votante. Mientras sigamos votando por apariencias, por símbolos vacíos y por el espectáculo de la fuerza, seguiremos eligiendo maniquíes en lugar de seres humanos capaces de liderar. Y la democracia, que debería ser un camino hacia el bien común, seguirá siendo un mercado donde el voto se cambia por favores, y la esperanza, por espejismos.

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