Publicidad

Columnistas
Miércoles 27 de agosto de 2025 - 01:00 AM

Entre la vida que se va y la que espera

Compartir

Recuerdo con angustia un día, hace ya algún tiempo, cuando trabajaba como anestesiólogo en la FCV y tuve que viajar a Medellín para recuperar unos órganos que serían trasplantados en varios pacientes, uno de ellos en estado crítico, entre la vida y la muerte.

El donante era un joven de 20 años, lleno de vida, que había sufrido un trágico accidente en motocicleta y había quedado en muerte cerebral. Meses antes, él mismo había expresado su deseo de que, en caso de encontrarse en una situación como esa, sus órganos fueran utilizados para salvar otras vidas.

Durante el procedimiento —y por razones técnicas que no vienen al caso en esta columna— el corazón no pudo ser utilizado, pero sí los riñones y el hígado. Recuerdo con dolor cómo, al terminar la cirugía, el corazón seguía latiendo. El cirujano, gran amigo mío, me apuraba con razón: en estos casos, cada minuto cuenta. Cuanto más tiempo transcurre entre la extracción y el implante, peor es el pronóstico. El tiempo es oro.

Sin embargo, yo veía con preocupación cómo ese cuerpo —ya sin conciencia, ya sin alma— seguía latiendo. Sabía que el proceso podía tardar aún varias horas, tiempo absolutamente valioso para los receptores que nos esperaban. Y tuve que administrar un medicamento anestésico para detener el corazón.

Después de ese episodio, pasé varias semanas con una sensación de culpa y malestar, a pesar de entender claramente que ese paciente ya no estaba en el mundo de los vivos.

Desde entonces, cada vez que hablamos de eutanasia con mis estudiantes de medicina, me llama la atención cómo casi todos están a favor de ella en casos de sufrimiento imposible de tratar, pero casi nadie está dispuesto a ejecutarla.

Aunque es un tema del que se habla poco, considero que la carga emocional para los profesionales —y para las familias que acompañan a sus seres queridos— es inmensa. Un estudio de la Universidad de Cataluña, publicado en Gaceta Sanitaria, evidenció que el malestar psicológico que acompaña a los profesionales que practican la eutanasia es significativo. Además, este malestar puede acompañar a los familiares cercanos incluso durante años.

A veces, acompañar el final no significa solo estar presente: significa cargar con decisiones que nos marcan para siempre. La medicina nos enseña a aliviar el dolor, pero no siempre nos prepara para el peso invisible de hacerlo con compasión. En esos momentos, uno no solo es médico: es testigo, es humano, es vulnerable.

La compasión es a veces la forma más valiente de amor.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día