Quienes tenemos recuerdos vívidos de la noche del magnicidio de Galán en agosto de 1989, sabemos ya que pertenecemos a alguna de las muchas generaciones colombianas que no hemos conocido la paz. Los que recordaban La Violencia de 1948 se fueron ya, casi todos. Es que este yugo ha sido largo. Todos somos: o víctimas, o victimarios, o espectadores indignados o afectados indolentes.
No nos mintamos, si estamos hoy así es porque nada de lo intentado ha sido plenamente exitoso. El descontrol del orden público y la criminalidad organizada no surgen de un día para otro. Ni los incontables diálogos de paz, ni las estrategias de guerra frontal fueron soluciones sostenibles. Seguimos hoy igual, pero con distintos nombres: la Segunda Marquetalia, el EMC de Iván Mordisco, el EMBF de Calarcá, y el ELN, etc. Y en la otra orilla los paramilitares del Clan del Golfo, las Bacrim (al menos 12 estructuras), etc. Todos adobados con un viejo veneno: el narcotráfico.
¿Por qué seguimos empeñados en dar la misma vuelta? Tal vez porque el conflicto nos afecta a todos, sí, pero no del mismo modo. A unos como espectadores con la libertad encadenada y las esperanzas fallidas, pero a otros, enfrentando la muerte, la mutilación y el desplazamiento. La vieja fábula de la diferencia entre estar involucrado y estar comprometido. Habría que entibiarnos -amansarnos- un poco para enfocarnos en la solución de los grandes problemas, que por supuesto surge del control del territorio y la persecución y sanción legales del delito. Ni diálogo sonso ni exterminio vengativo nos salvaron. No va a ser la charlatanería ni la bellaquería delirantes las que nos restauren.

Cabeza fría y firme compromiso con la civilidad. Cuando Japón salió moribundo de la guerra, se abrazó al pacifismo y lo firmó en piedra (artículo 9 de la Constitución de 1947), expresando la renuncia “para siempre” del pueblo japonés a la guerra.
Reconozcamos que en el conflicto somos todos perdedores. Y que necesitamos confianza y estabilidad para los inversionistas. Y que requerimos ayuda internacional para estimular el movimiento de capitales y fondear la recuperación de territorio, así como las impostergables reformas al régimen de tenencia de la tierra, la educación, la salud y la justicia. Todo junto, no una cosa sin la otra.
El odio social es estéril e irresponsable, solo aviva la criminalidad. El revanchismo deja siempre a muchos por fuera. Nos distraemos de lo importante por la inútil batalla de ataques y contraataques. Al final, farándula barata. Apostémosle a un frente nacional incluyente, mesurado o tibio, pero centrado en el norte de lo que más importa: el progreso y la seguridad de todos para alcanzar la paz.










