Un reciente informe de BBVA Research reveló algo que no debería sorprendernos, pero que sí debería invitarnos a reflexionar: los colombianos estamos gastando cada vez más en entretenimiento —incluidos los juegos de azar— mientras que rubros como la educación pierden espacio en la canasta del consumo. ¿Qué dice de nosotros una sociedad que duplica su inversión en diversión mientras reduce la que hace en su propio conocimiento?
Los datos de esta unidad —que vengo siguiendo desde hace años por la confiabilidad de sus reportes— son claros: en la última década el gasto en recreación pasó de representar el 5,7% al 10,5% del consumo privado, casi el doble. Dentro de ese rubro, los juegos de azar concentran más de la mitad (53,7%), una cifra tan contundente como inquietante. En contraste, la educación descendió del 4,3% al 3,5% y la hostelería pasó del 11,8% al 9,7%. Es decir, preferimos apostar a un golpe de suerte que invertir en la formación que nos daría oportunidades más duraderas.
La explicación de este comportamiento no es un misterio. El mercado laboral ha mejorado en algunos indicadores, las remesas alcanzaron en 2024 los 11.800 millones de dólares, equivalentes al 2,8% del PIB, y el crédito de consumo vive un momento de expansión gracias a tasas históricamente bajas. El bolsillo de los hogares está más aliviado y, con ello, la disposición a gastar. El problema no está en que gastemos, sino en qué decidimos consumir.

La pospandemia trajo consigo un apetito enorme por “vivir el momento”. En medio de tanta incertidumbre, muchos colombianos eligieron gastar en experiencias inmediatas antes que en inversiones de largo plazo. Pero la pregunta incómoda es: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un país que privilegia la inmediatez del entretenimiento sobre la siembra de capital humano? En la medida en que la educación pierde terreno, estamos hipotecando el futuro por la emoción del instante.
No se trata de satanizar el entretenimiento. El ocio también es necesario y sano (aunque el proyecto de reforma tributaria lo castigue severamente). El riesgo es cuando se convierte en la categoría prioritaria del consumo nacional, desplazando rubros como la educación, que son el verdadero motor de la productividad y de la movilidad social.
Si seguimos en esta senda, no será extraño que dentro de unos años nos encontremos con una sociedad más alegre en el corto plazo, pero menos competitiva, más desigual y con menos oportunidades reales para sus jóvenes.
En últimas, lo que consumimos es también lo que nos define como país. Y si seguimos apostando a la suerte antes que al conocimiento, no podremos quejarnos de que el futuro nos sorprenda con la ruina: al fin y al cabo, fue la ficha que elegimos mover.











