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Columnistas
Sábado 13 de septiembre de 2025 - 01:00 AM

Miguel Uribe y Charlie Kirk

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Charlie Kirk hablaba ante un auditorio universitario en Utah cuando un disparo interrumpió su discurso que, paradójicamente, era sobre violencia armada. En Bogotá, meses antes, Miguel Uribe Turbay recorría barrios en campaña presidencial cuando fue atacado por un menor de edad que descargó su arma a pocos metros. Dos países distintos, dos contextos sociales diferentes, pero un mismo mensaje de fondo: el poder de la violencia para callar voces que incomodan.

El homicidio de Uribe Turbay sacudió la política colombiana. No solo porque era senador y precandidato presidencial, sino porque su muerte evidenció el riesgo que corren quienes hacen proselitismo en territorios inseguros. He visto políticos de todas las orillas con robustos esquemas de seguridad, lo cual celebro. El caso tuvo componentes especialmente sensibles: la autoría material de un adolescente y la presunta participación de adultos que lo instrumentalizaron. La Fiscalía reaccionó con celeridad, capturó a varios implicados y anunció que investigará a los determinadores para configurar un posible magnicidio.

El homicidio de Kirk, en cambio, ocurre en un país con otra dinámica de seguridad, pero con un fenómeno común y es el debate público amenazado por la violencia. Aunque aún se investigan los móviles, la escena revela que el activismo también expone la vida. La cobertura mediática internacional fue inmediata, y autoridades locales activaron protocolos de crisis, lo que contrasta con la lentitud que suele caracterizar los procesos en nuestro país.

Ambos casos tienen similitudes inquietantes. Son intentos deliberados de interrumpir el discurso de quien representa una idea política, una crítica social. Tienen el mismo efecto simbólico: generar miedo, desmovilizar a otros y enviar el mensaje de que expresarse tiene costo. ¿Qué queda de la democracia si el miedo define quién puede hablar?

En materia de política criminal, los dos homicidios muestran límites de la respuesta estatal. En Colombia, aunque se prometa celeridad, las investigaciones suelen estancarse en la etapa de autores materiales y rara vez alcanzan a quienes lo determinan. El uso de menores como sicarios plantea otro desafío: sanciones que, por mandato legal, no superan ciertos límites, pero que tampoco atacan las redes que los reclutan. En Estados Unidos, la expectativa ciudadana es que el proceso judicial avance con prontitud y que haya consecuencias visibles, lo que presiona a las autoridades a dar resultados en semanas, no en años.

Proteger la vida de quienes participan en el debate público no es un favor del Estado, es su obligación. Si no hay protocolos eficaces de prevención, seguridad y desarticulación de redes criminales, seguiremos contando muertos y normalizando el silencio.

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