En 1968 arribó a Bogotá un jovencito brasileño, rubio y flaco, tenía pinta de todo, menos de futbolista: Eduardo Gillio Carrasco. Venía de un modesto equipo del estado de Sao Paulo y llegó a un encopetado Millonarios que tenía como estrellas a su paisano Orecco, y a los argentinos Areán, Ferrero y Fernández. Contaba con 19 años, vestía pantalones bota campana y camisas con arabescos; en la capital, el frío lo obligó a ponerse buzos cuello de tortuga y chaquetas. Tan pronto se presentó en el entrenamiento, el técnico Francisco ‘Cobo’ Zuluaga lo incluyó en la nómina de viajeros para enfrentar a Estudiantes de La Plata, allá en su vieja cancha de la zona este, en la Avenida 1, cerca del Paseo del Bosque, entre las calles 55 y 57. Mejor dicho, allá en la Ciudad de las Diagonales. Jugó como lateral izquierdo y no lo hizo nada mal; es más, estrelló una pelota en el palo derecho de la portería defendida por Poletti.
Con el paso de los años llegó al Atlético Bucaramanga y lo que muchos ignoran es que cuando vistió por segunda vez la camiseta del equipo, venía con dos jugadores a quienes conocía y de sobra: los samarios Alfredo Arango y Eduardo Vilarete. Habían entrenado juntos y con Alfredo había hecho una llave formidable: el maestro Arango Narváez la enviaba al vacío y Gillio volaba por la punta izquierda. En El Campín nadie lo detenía, el brasileño era un cohete. Al loco Eduardo Emilio lo había visto en los entrenamientos con la reserva del cuadro embajador; sabía cómo saltaba y cómo cabeceaba. Cuando les dijeron que su transferencia era definitiva para el Atlético Bucaramanga, ellos se miraron, estaban aburridos con el frío, sobre todo los samarios. Se encontraron con Gabriel Hernández en el Aeropuerto El Dorado quien también venía empaquetado en la negociación y cuando aterrizaron en el Gómez Niño sus rostros cambiaron; los estaba esperando el presidente del equipo Ambrosio Mantilla, también el gerente Gustavo Torres a quien le decían ‘mentira fresca’.
El técnico uruguayo Víctor Pignanelli asumió el comando del equipo y sabía que no había nada qué inventar. Tenía un portero con experiencia, el marplatense Osmar Miguelucci; dos laterales de ida y vuelta como Hernández y Gaviria. Dos centrales de categoría: Carloman Ávila y Gilberto ‘el Burro’ Centeno. En la mitad de la cancha estaba el secreto del onceno canario: el argentino Frascuelli y ‘Pitula’ Martínez que daban zapato con sabrosura; los ayudaba ‘el mono’ Panesso. Pedrito Ardila por un lado y por el centro ‘Papo’ Flórez recogiendo balones para buscar al maestro Arango quien levantaba la cabeza, pensando solamente en Gillio y Vilarete. ¡Gillio únicamente pensaba en Vilarete! Si Alfredo o ‘Papo’ enviaban un pase al vacío, los aficionados se ponían de pie y sabían que los centros de Gillio en forma de banana iban directo a la cabeza del hijo del barrio Ancón. Tiro de esquina en el Alfonso López y todo el estadio coreaba el gol antes de que sonaran las cornetas de la barra de los hermanos Serrano.
El domingo anterior me sacudió la noticia sobre el fallecimiento de Eduardo Gillio; recordé la visita que le hice el 14 de junio de 2024, un día antes del título. Le regalé el libro del Atlético, lo abracé por última vez. Siempre me preguntaba por todos sus compañeros, por la casa del barrio Los Pinos en donde vivió con el amor de su vida, July Bustamante. Se fue a la una y media de la tarde; corrió por la punta izquierda, tiró el centro y lo estaba esperando Alfredo Arango; salieron a recibirlo Frascuelli, Centeno, Rivas, Ardila, Bareiro, Zelaya, Ávila y Pignanelli. Esta vez Vilarete no cabeceó como hace 50 años porque estaba llorando conmigo la partida del wing izquierdo. Te extrañaremos querido Eduardo, sobre todo los centros en forma de banana. ¡Gracias por todo!












