¿De qué se trata la belleza? ¿Es una pregunta irrelevante, que concierne solo al arte? ¿O quizás sea un asunto que permea todo, desde lo sencillo hasta lo más trascendental? Es un interrogante esencial que ocupó el pensamiento antiguo y que ahora casi nadie se formula, en esta crisis causada por la huida del “por qué” de nuestras cabezas.
Me sacudió la casualidad de que dos libros de autoras distintas, breves ambos y ellas reflexivas y eruditas, incluyan algún pensamiento sobre la belleza: Irene Vallejo en “El futuro recordado” (2022, primera edición en Colombia en 2025) y María Negroni en “Colección Permanente” (2025). Dos perlas invaluables recién sacadas de la imprenta. Se trata de recopilaciones de ensayos breves de Vallejo y Negroni que activan el pensamiento y la curiosidad, algo que necesitamos todos pero que es muy urgente para la juventud de la inmediatez y el eterno rodar en TikTok e Instagram.
Pero volvamos a la belleza. Vallejo enfatiza que la belleza está en quien observa. Nada de lo que se oye, se ve o se toca es feo o bello por sí mismo; la emoción de lo bello se crea en el ojo del que ve. Este es un ángulo brutal, pues si estamos conscientes de él, nos desprendemos de la necesidad de compartir -y algunas veces exigir a otros- la impresión o la indiferencia propias ante una escena de una película o una jugada de fútbol. Pero se pone mejor si también entendemos, como lo explica Negroni, que la belleza surge de una “irrupción inesperada de algo que subvierte el sentido común” (…) algo que “nos sobresalta y conmueve”. Y lo aclara citando al gran Mujica Laínez, quien decía que “la belleza es una subcategoría de lo raro”. Para que algo nos conmueva por su belleza tiene que salirse del canon, romper la norma. No se trata de armonía, eso es aburrido; por eso el arte antiguo se disfruta cuando se entiende aquello en lo que fue innovador -original-.
Sí, la belleza concierne a las artes. Pero también incumbe a algo tan serio como la filosofía: ese salto del pensamiento hacia preguntas incómodas que amplían la forma de aproximarse al mundo. Pensar para asombrarse, para abrir las compuertas del juego de la mente, es dejar que la belleza invada nuestro juicio y nuestro entendimiento. Ahí esta la emoción, como en el “jogo bonito” brasileño, creativo, asombroso, con libertad en la cancha (como debiera ser en la cabeza). En cambio, disciplinar la mente en las cajas de unas ideas fijas, persistentes e incuestionables, es ofender nuestras facultades y afear nuestro discurso. Vallejo y Negroni con sus libros destraban la máquina de pensar.










