El colegio se nos pasa entre horarios, un calendario, un inicio y un final de jornada. A medida que avanza, la rutina parece clara: sabemos cuándo estudiar, cuándo descansar, cuándo nos evaluarán y cuándo, por fin, colgaremos en la pared ese diploma que acredita nuestros logros.
Sin embargo, al dejar esta etapa, descubrimos que la vida, la escuela más compleja y universal, no obedece esas reglas.
Todos, inminentemente, estamos inscritos. La única condición para pertenecer a ella es haber nacido, convirtiéndonos en estudiantes de la academia más extensa y exigente que existe.
Aquí no hay aulas de clase ni uniformes, tampoco horarios definidos. El calendario es interminable y, los recreos, escasos.
Lo curioso es que ejercemos dos roles al mismo tiempo, somos aprendices y maestros; aprendemos de cada experiencia vivida y, a la vez, nos convertimos en testigos y guías para otros. Pero el verdadero profesor es uno solo: el tiempo. Su método de enseñanza severo no da advertencias, sorprende con exámenes inesperados y no ofrece segundas oportunidades para nivelar o repetir la misma lección.
El plan de estudios y sus contenidos son variados. Algunas materias se nos dan de manera natural, como disfrutar la amistad, celebrar la alegría o vivir el amor; otras nos exigen más, como cuando cultivamos la paciencia, ejercitamos la tolerancia y concedemos el perdón. Y están aquellas asignaturas que quisiéramos evadir a toda costa: la pérdida, la soledad, el dolor.
Estas, paradójicamente, son las clases que más forman nuestro carácter.
El “rector” de este colegio, al que cada quien llama de manera diferente (Dios, destino, universo, etc.), diseña el programa con una pedagogía particular, pues a veces enseña con ternura y abundancia; otras veces, nos forma a partir de retos y privaciones. Entre clases y exámenes, vamos registrando notas invisibles, ya no en libretas, sino en la memoria y el corazón.
Con los tropiezos aprendemos a valorar la calma, viendo la injusticia practicamos la empatía y enfrentando la escasez comprendemos el poder de lo suficiente. Pero es en lo cotidiano donde desarrollamos, una y otra vez, el arte de amar a los demás, quizá la asignatura más difícil de aprobar y la que muchos repiten durante toda la vida.
En la escuela de la vida no hay vacaciones, ni timbres que anuncien el fin de la jornada. Cada mañana trae consigo una nueva clase y cada noche nos sorprende con una reflexión pendiente. Tal vez el verdadero diploma no sea un papel ni una ceremonia, sino la serenidad de mirar en retrospectiva y reconocer que, entre aciertos y fallos, logramos aprender lo esencial.










