Entre 1878 y 1879 Alemania era todavía un Estado nacional joven, unificado apenas siete años atrás bajo la hegemonía prusiana, con Guillermo I como emperador y Bismarck como canciller. El país atravesaba un proceso de consolidación interna y no estaba libre de pugnas feroces: en 1878 se habían promulgado leyes antisocialistas tras los atentados fallidos contra el emperador, y el Kulturkampf contra la Iglesia católica empezaba a suavizarse con el nuevo y más diplomático papa León XIII. En el plano internacional, Alemania había ganado protagonismo con el Congreso de Berlín, que redefinió el mapa de los Balcanes y consolidó a Bismarck como árbitro europeo.
Al mismo tiempo, Europa entera experimentaba transformaciones profundas que alteraban tanto la vida material como el horizonte cultural. La llamada Segunda Revolución Industrial empezaba a tomar forma con la expansión de la electricidad, el acero y la química, mientras el ferrocarril y el telégrafo estrechaban distancias y modificaban la percepción del tiempo y el espacio, a todo lo cual se sumaban los avances científicos —de Darwin a Pasteur— que cuestionaban antiguos dogmas y ampliaban la confianza en la ciencia moderna.
En paralelo, en el continente americano se vivían tensiones de otra índole, aunque igualmente decisivas para el rumbo político y social de la época. En América del Norte, Estados Unidos atravesaba los años de la Reconstrucción tardía tras la Guerra Civil, con un proceso de industrialización acelerada y el avance hacia el Oeste, que arrasó con casi todos los pueblos indígenas de la región. Y si en el norte llovía, por América Latina no escampaba: los Estados nacionales buscaban consolidarse en medio de conflictos internos y externos. En 1879 estallaba la Guerra del Pacífico entre Chile, Perú y Bolivia, mientras que en el Caribe persistía la inestabilidad en Cuba tras la Guerra de los Diez Años contra España, la cual dejó sin resolver el problema de la independencia.
Ahora bien, en ese contexto de brutales tensiones políticas y de cambios culturales y científicos fue que Nietzsche escribió Humano, demasiado humano e inauguró el ciclo de los llamados «espíritus libres», comenzando la carrera que, por decirlo de alguna manera, lo llevaría a ser lo que fue. En ese libro, que francamente no es de tan agradable lectura como los que le sucedieron, no en vano se desplegaron por primera vez las ideas —o los intereses— que marcarían y distinguirían buena parte de su obra posterior.
Como lo dice Ruth Abbey (2020), en Humano, demasiado humano se hallaban toda una serie de innovaciones y cambios que permanecerían en la obra de madurez. Desde la representación de sí mismo como «psicólogo» (esto es, como un analista penetrante de las motivaciones ocultas, los instintos y las pasiones que subyacían bajo las conductas y creencias humanas), pasando por sus «primeras» excavaciones genealógicas sobre la moral (es decir, la tarea de rastrear históricamente el origen y el carácter contingente de valores que se tomaban por absolutos) hasta su llamado a los «buenos europeos» a superar el parroquialismo y los nacionalismos (lo que suponía concebir una cultura verdaderamente cosmopolita, capaz de situarse más allá de las fronteras políticas y de las estrecheces ideológicas de los Estados-nación).
En cualquier caso, lo decisivo de Humano, demasiado humano no residía tanto en su calidad literaria —pues casi todos sus demás libros son mejores— como en la dirección que le permitió tomar a Nietzsche. Porque, dicho de otro modo, allí advertía Nietzsche de la necesidad de cuestionar aquello que nadie había osado poner en duda, i.e., la «fe en la moral» —lo que lo llevó a escribir Aurora—, y, asimismo, allí se hacía consciente de la necesidad de concebir una filosofía entendida como un saber crítico y liberador que no se resignara a la mediocridad del mundo moderno, lo que lo llevó a escribir, como se sabe, La gaya ciencia.
A Aurora y, sobre todo, a La gaya ciencia habremos de volver en las siguientes columnas, pues en ellas se consolidan de manera más clara y brillante las intuiciones apenas esbozadas en Humano, demasiado humano. Si este primer testimonio de los «espíritus libres» reflejaba una ruptura y una crisis personal e intelectual, en los otros dos Nietzsche llevó hasta el límite sus inquietudes, abriendo el horizonte de una filosofía jovial en la que se vislumbraba toda la potencia afirmativa de su libre, demasiado libre pensamiento y, de paso, se hacían explícitas las consecuencias del mayor de los acontecimientos de nuestra historia (tápense, mis amigos píos, los oídos): que «Dios había muerto y que nosotros lo hemos matado», esto es, la idea más malinterpretada de todo su repertorio y que, naturalmente, hizo de Nietzsche uno de los filósofos más célebres de nuestros tiempos.












