Todavía recuerdo cuando ante el posible triunfo de Trump en las elecciones de 2024, reconocidos académicos llamaban a la calma argumentando que las instituciones estadounidenses eran suficientemente sólidas para contener el extremismo del movimiento MAGA. Y todavía hoy algunos piensan que todo lo que Trump hace tanto a nivel interno como externo, no pasa de un muy hábil manejo de marketing.
Sin negar que el millonario presidente de los estadounidenses es un maestro de la mercadotecnia yo no subestimo los efectos de sus acciones en su país y en el mundo. Lo digo porque el bloque de poder que representa Trump tiene claro que Estados Unidos ya no es la superpotencia hegemónica capaz de dictar sus reglas al mundo. Y con uñas y dientes intenta sostener el mito del destino manifiesto; apelando al capitalismo voraz que hace trizas el mito igualitario del sueño americano, en tanto pasa por encima de cualquier límite humano o medio ambiental.
Y al tiempo que la nueva política exterior de Trump 2.0 está desmontando los principios y las instituciones del orden internacional liberal que Estados Unidos ayudó a edificar sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial; internamente su militarismo en las ciudades bajo gobierno de la oposición demócrata, su discurso de odio contra los latinos, sus ímpetus eugenésicos, la persecución a los medios de comunicación, la ciencia y a las ONG independientes; sus políticas públicas para favorecer a los ultrarricos, en un país con 40 millones de pobres y ciudades en estados como Arkansas o Misisipi cuyo PIB per cápita es equivalente a Bolivia o Bangladesh; son señales de un proyecto autoritario que tiene un método y que lo está cumpliendo, como sostiene el profesor Jason Stanley.
Y mientras el régimen de Trump, que controla la Corte Suprema, alimenta un clima de guerra permanente que le permite avanzar en el desmonte de la democracia estadounidense, recortando libertades so pretexto de combatir los “enemigos internos”; la sociedad norteamericana sin experiencia en enfrentar dictaduras, se muestra incapaz al menos por ahora, de articular una resistencia civil a esta distopia que parece haberla tomado por sorpresa.
Tengo certeza que no se puede subestimar el proyecto totalitario que Trump está instalando en su país y que recorre el mundo, así como también estoy convencido que tarde o temprano la democracia prevalecerá. El problema es que antes, la humanidad deberá atravesar capítulos sombríos.











