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Viernes 10 de octubre de 2025 - 01:00 AM

Democracia

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Ahora que se aproximan varios procesos electorales, unos regulares y otros atípicos, vale la pena hacer una pequeña reflexión sobre lo que llamamos democracia. Existe un camino fácil, expedito y llano que nos lleva a pensar que democracia es igual al sufragio universal. Consideramos que vivimos en un país democrático porque, con regularidad, nos encontramos frente a las urnas, marcando con una “X” el candidato de nuestra preferencia.

Sin embargo, la democracia es, como sentenciaría el filósofo Estanislao Zuleta, todo lo contrario a un lugar tranquilo, pues trágicamente conduce a la angustia. En la Grecia antigua, donde advertimos su nacimiento, no existía un dogma intocable ni un texto sagrado que resolviera todos los asuntos por revelación, como la Biblia o el Corán. Lo que posibilitó el surgimiento del pensar occidental.

Por supuesto que existían religiones, pero estas no tenían la capacidad de ejercer sobre los hombres libres un poder coercitivo. “La verdad os hará libres”, premisa del evangelio de San Juan, podría reformularse como: la libertad traerá la verdad. Sin autoridades intocables ni lugares vedados, lo que queda es el debate y la demostración. Cada cual debe buscar, a mar abierto, en qué creer: Sapere aude, en palabras de Kant. Nada más angustiante que pensar por sí mismo, sin un líder que, como pastor con su cayado, guíe sus borregos.

Otro reto de la democracia es reconocer la diversidad de pensamientos y entender que esto es precisamente lo que la enriquece. Comprender que la visión que cada uno posee no debe ser definitiva, y que la confrontación de ideas puede ampliar o transformar conceptos que consideramos sólidos y establecidos, pero que muchas veces están fundamentados en prejuicios sin justificación racional. Para ello necesitamos modestia, generosidad en las opiniones, reflexión y, sobre todo, crítica.

Ahora, esta confrontación de ideas, para que tenga un terreno fértil en el cual germinar, debe alojarse en una sociedad donde prime el respeto, que no significa de ninguna manera asumir que toda forma de pensamiento tiene validez o caer en una absoluta relatividad. Por el contrario, implica tomar el pensamiento del otro tan en serio que merece ser debatido sin agresión alguna, entendiendo que en un debate serio no hay perdedores. La lógica de este argumento es que el debate permite salir de la opacidad del pensamiento.

Finalmente, aunque asociemos el concepto de democracia con algo tan elemental como el voto, y creamos que con ello ya cumplimos nuestra responsabilidad para con la sociedad, existe un camino más complejo y escarpado, alejado de la comodidad que ofrece el cayado, en el que se convierte en una forma de pensamiento más profundo, cuyo resultado es mantener la lucha por el poder en el terreno de las ideas y no la barbarie.

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