Hace más de 17 años me buscaron algunos familiares de los hinchas del Atlético Bucaramanga quienes por más de 44 años han estado buscando justicia por cuenta de una masacre cometida por los integrantes de unas patrullas del Ejército adscritas a los batallones Caldas y Ricaurte, los que ingresaron por la puerta de maratón ubicada en el costado sur del estadio Alfonso López y sin preguntar qué ocurría, dispararon para todos lados asesinando a más de 35 personas durante el partido entre el equipo local y el Junior de Barranquilla. ¡También hubo desaparecidos!
Todos los años aparecen testimonios como el del camarógrafo Sergio Mantilla, a quien me encontré hace más de un mes en el Club del Comercio con motivo de la presentación de la Feria Ganadera en Cenfer; por aquellos años, Sergio era novio de la hija de Gonzalo Cepeda Afanador quien tenía una empresa de calzado, pero le gustaba la fotografía y con el tiempo se convirtió en corresponsal de los noticieros colombianos de la época como TV HOY y Noticiero 24 Horas entre otros. Mantilla estudiaba arquitectura y de un momento a otro dejó botada su carrera para irse detrás de una cámara y filmar el incendio del almacén LEY, por ejemplo. Al poco tiempo le tocó vivir el pandemonio del 11 de octubre de 1981 y se quedó para siempre en los medios de comunicación. “Recuerdo que luego de la tragedia, miembros de inteligencia militar llegaron al negocio de mi suegro y se llevaron todos los casetes en los que estaban las imágenes y por supuesto las pruebas de aquella masacre”.
El fotógrafo de Vanguardia Liberal, Enrique Flórez, me confesó hace 8 años que al periódico enviaron a un sujeto quien se hizo pasar como reportero gráfico del diario barranquillero El Heraldo y se llevó un par de rollos; “lo que ellos no sabían, era que Holguer López había guardado unas copias con fotos bastante comprometedoras”. ‘Kike’ fue quien captó la imagen de un zapato colgado en la despedazada malla de la tribuna de oriental y que al otro día fue portada no solamente de Vanguardia, sino también del diario El Tiempo.
Hace dos días hablé largo y tendido con el barranquillero Henry Jaramillo Suárez, quien asistió a ese partido junto a mi hermano Roberto y un grupo de amigos de infancia; “cuando se armó ese mierdero, yo me quedé con Robert, con Carlos Montoya y con Juan Carlos Gómez Gamarra esquivando las balas que nos pasaban zumbando, pegaban en las torres de iluminación y su hermano lloraba porque un policía le pegó un bolillazo en el hombro cuando nos íbamos a botar por la parte de atrás de la tribuna de sombra. Un borracho nos salvó porque nos botó al piso, eso fue lo peor de mi vida, los soldados disparaban como locos”. Mi hermano tenía 14 años y pudo haber sido una de las víctimas de aquella tragedia que quedó en la impunidad. Leonel Cala también tenía 14 años cuando una bala de fusil G-3 le atravesó su cuello y le destrozó el corazón a su familia y a don Luis, quien lloraba todos los días en el solar de su casa. ¡Don Luis murió de pena moral!
Doña Rosita Robayo de Martínez falleció el 21 de abril de este año clamando justicia; era la madre de José Germán Martínez asesinado aquella tarde de dos disparos y luego de eso, el Ejército dijo que era guerrillero del ELN. ‘Coco’ Forero fue uno de los últimos comentaristas que salieron de la tribuna de prensa del estadio a las siete de la noche, encapuchados y a los empellones. Alberto me confesó que: “si no pasé por encima de ocho cuerpos, no pasé por encima de nada”. Entrevisté a varios periodistas, aficionados y jugadores de los dos equipos; todos coincidieron con sus testimonios al declarar que lo que hubo allí fue una masacre. Inclusive, el único soldado que tuvo la valentía de hablar fue William Avellaneda y narró unos hechos espeluznantes. Los hinchas del Bucaramanga siempre han tenido la razón, igual que las ‘cuchas’.












