Hoy me resulta imposible guardar silencio. Mientras el país atraviesa una de sus etapas más difíciles en materia económica, institucional y moral, algunos siguen defendiendo la continuidad del Pacto Histórico. No hablo de los fanáticos, que conocemos perfectamente, sino de quienes, con preparación, con acceso a la información y con conciencia de las consecuencias, insisten en justificar lo injustificable.
Rechazo profundamente el fanatismo y las decisiones anti-técnicas del actual Gobierno.
No hay gestión pública seria que sobreviva al desorden, a la improvisación y al populismo que hoy dominan la agenda nacional. Sin embargo, lo más preocupante no es el Gobierno mismo, sino los ciudadanos que lo celebran. Hoy, mientras se congregan los adeptos del Petrismo para respaldar a Daniel Quintero, veo con tristeza una multitud de incautos convencidos de que este proyecto político mejorará sus condiciones de vida. No entienden que los grandes perjudicados son precisamente ellos; los trabajadores, los emprendedores, los pequeños empresarios, los jóvenes que sueñan con oportunidades y estabilidad.
Siento lástima por los contratistas y funcionarios que asisten obligados a estos actos, presionados por la amenaza de perder su sustento. Pero más tristeza me causan los empresarios, los profesionales y los académicos que, conociendo las implicaciones de las decisiones de este Gobierno, siguen promoviendo su agenda ideológica con indiferencia, sin dolor y sin vergüenza. No se trata de diferencias políticas; se trata de principios, de coherencia y de responsabilidad con el país.
Porque apoyar un modelo que destruye la confianza, espanta la inversión, desprecia la técnica es ser cómplice de sus consecuencias. Cada empresa cerrada, cada empleo perdido, cada joven decepcionado es fruto de un proyecto que ha sustituido la gestión por el discurso y el conocimiento por la arrogancia.
Ver personas en Santander apoyando el Petrismo, cuando llevamos más de tres años de rechazo y exclusión del presupuesto nacional, es inaudito. Este Gobierno ha marginado al departamento, ha ignorado nuestras obras estratégicas, ha desfinanciado nuestros proyectos de infraestructura y ha cerrado las puertas a la inversión regional. Y, aun así, algunos prefieren la ideología antes que el progreso. Parece que la lealtad política pesara más que el bienestar de la región. Esa ceguera selectiva es, sin duda, una de las formas más perversas de traición al territorio.
Me cuesta creer que sea necesario tocar fondo, como lo hizo Venezuela, para pasar de una lista de 100 precandidatos a una sola María Corina que lidere una campaña sólida por Colombia, con convicción, con valentía y, sobre todo, con amor por este país que algunos parecen haber dejado de sentir.










