Aplaudir a un político es un acto de fe… o de masoquismo. Es mirar al que corta las alas del país y, en lugar de protestar, aplaudirlo como si fuera un espectáculo de gala. Nos prometen progreso, empleo, seguridad y transparencia, y nosotros aplaudimos, como vacas agradecidas, mientras el carnicero afila su cuchillo.
No se trata de exagerar. Basta mirar las cifras: proyectos inconclusos, promesas de campaña que mueren al primer trimestre, escándalos de corrupción que se repiten como telenovelas eternas. Pero, curiosamente, cuando un político llega al podio, nos convertimos en la audiencia más obediente. Nos dan discursos llenos de palabras bonitas y nosotros, en lugar de cuestionar, aplaudimos. Es más fácil aplaudir que levantar la voz.
El problema no es el político; el problema somos nosotros. Nos dejamos seducir por el teatro, por el maquillaje de los resultados y los titulares que dicen: “Se invirtieron millones en educación” mientras las escuelas siguen con techos que se caen y pupitres rotos. Aplaudimos a quien promete soluciones rápidas y no cumple, y luego nos quejamos de nuestra propia desilusión.
Curioso, ¿verdad? Es como aplaudir al carnicero y luego sorprendernos de que el bistec desapareció.
Y no nos engañemos: no todo es culpa de la ignorancia. Algunos aplauden porque esperan que el político haga un milagro, que transforme la economía, el empleo y la salud en un solo discurso. Otros, en cambio, aplauden porque el espectáculo les entretiene y el aplauso es barato. Al final, la vaca siempre termina en la misma historia: confiando en el que tiene el cuchillo.
Pero no todo está perdido. Reconocer esta absurda dinámica es el primer paso para cambiarla. El sarcasmo sirve para despertar, para mostrar que aplaudir sin cuestionar es suicidio político… y social. La próxima vez que veas a un político sonreír, pregúntate: ¿lo aplaudo porque trabaja por mí o porque disfruta de que siga celebrando su propia función?
Al final, la política no es un circo, aunque algunos la convierten en él. Y nosotros, mientras tanto, podemos decidir si seguimos siendo la vaca que aplaude o empezamos a ser los ciudadanos que miran, cuestionan y actúan.
Porque aplausos sin sentido no llenan de nada… excepto el ego del que los recibe.
IMPORTANTE: tomando como referencia a los columnistas Vladdo y Javier Borda de El Tiempo, quienes escribieron columnas apoyadas con IA, esta columna también fue elaborada con dicha herramienta, excepto este párrafo.
La IA ayuda, sí, pero no debe reemplazar nuestra creatividad, el sentido crítico ni el juicio a la hora de cuestionar y aportar ideas propias.












