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Domingo 12 de octubre de 2025 - 12:00 AM

Ruge La Tigra

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Definir con una sola palabra al Festival de La Tigra parecería una pregunta de reinado de belleza, pero, a propósito de la biblioteca, sería un reinado de bellecera, y la palabra sería comunidad. En el Diccionario de Autoridades de 1725, se dice que comunidad "se toma también por franqueza, generalidad y libertad de las cosas que son comunes para todos, y de que cualquiera puede participar y gozar libremente“. Eso sí define al Festival de La Tigra.

Me dice Edson Velandia, el músico más intrépido de la región —de quien nada menos que la revista Rolling Stone ha dicho que es más que importante en la escena musical del país— que, dentro de muchas raíces, el Festival surge como “la necesidad de crear espacios para la música, para las artes en la región, para que sean más los espacios de convivencia de todas las artes”, donde lo comunitario brille por encima del grito del mercado y lo comercial.

Por estos días, el arte será una herramienta, una excusa y un puente: un lugar donde los ojos del país y del mundo puedan voltear a mirar su destello en medio de tanta cosa que nos distrae y, a veces, nos enceguece; donde habrá esperanza en medio de tanta desidia.

Los artistas del Festival de La Tigra abrazan un propósito. Entienden que estos espacios son necesarios, que más allá de un like, el arte también es una forma de resistencia.

La nómina del 2025, hasta el próximo 12 de octubre, incluirá una franja infantil, títeres, máscaras, mercado comunitario, guitarras, voces, canciones; arrancó con cine en días pasados y, por supuesto, cerrará con música. Participarán artistas como la batucada Olodum, de Brasil; Champetos del Juju, de México; o Motilonas Rap, desde el corazón del Catatumbo. También estarán Mulato Bantú, de Santa Marta, y Caminandes, de Soacha, junto a Ariza Brothers y Velandia y La Tigra, como representantes locales.

Hablarles de La Tigra no es suficiente, porque hay que vivir el festival. Es una cita obligada que ya lleva nueve años, con una comunidad —en todo el sentido de la palabra— que, como ellos mismos dicen, no contempla el elefante blanco, sino que le enseña a caminar. Una comunidad que no espera que la cultura le caiga del cielo, sino que la construye, con lo que sea, pero eso si, con un amor que se note.

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