En su ensayo El rugido de nuestro tiempo, Carlos Granés trae a colación la sentencia de José Martí, líder de la emancipación cubana frente al dominio español: “Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador”. Esa tentación ha tenido larga vida en América Latina. Más que concentrarse en gobernar, muchos de sus líderes han querido refundar sus países, reescribir su pasado y rehacer la historia a su medida.
Tras su viaje por América Latina en 1924, el filósofo español Ortega y Gasset advirtió que esa pulsión narcisista era uno de los mayores obstáculos para encontrar caminos ciertos de desarrollo. Antes, Michel de Montaigne había recelado de quienes, en lugar de remediar males concretos, se empeñaban en cambiar los cimientos del edificio social hasta conducirlo a la confusión general. El adanismo latinoamericano nace justamente de esa soberbia: la del político que no se conforma con administrar, sino que se siente llamado a redimir el mundo.
Desde el origen de nuestra república, Bolívar le decía a Santander que su misión no era dictar un puñado de leyes, sino acabar con un régimen secular de opresión. Y Aureliano Buendía, en la imaginación de García Márquez, soñaba con imponer reformas radicales que no dejaran piedra sobre piedra. Esa pulsión redentora aparece con vehemencia en Gustavo Petro, a quien Granés describe como “la síntesis más sorprendente de la megalomanía que escolta al hombre providencial y de la incompetencia que padece quien confunde sus vicios con virtudes y los sueños con realidades”. Difícil encontrar una definición más precisa para un gobernante que, incapaz de ejecutar con eficacia, pretende compensar sus carencias con grandilocuencia histórica.
Granés detecta una tentación semejante en Gabriel Boric, expresidente chileno, empeñado en trasladar a la política el temblor lírico de la poesía. Las sucesivas derrotas le recordaron, al parecer, que las musas no reemplazan las políticas públicas. El caso de AMLO, en México, resulta aún más elocuente. Al proclamarse artífice de la “cuarta transformación nacional”, se inscribió en la estirpe de quienes no aspiran a gobernar con límites, sino a inaugurar era, relato y hegemonía. Bajo el lema “El pueblo elige al pueblo”, terminó consolidando a su partido Morena como el elector determinante de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
No escapan a este análisis Milei y Bukele, a quienes nos referiremos en próxima columna, porque la derecha también quiere ser inolvidable y refundadora. Como concluye Granés, el adanismo que hoy se presenta como novedad “es una vieja tradición que tiende a resurgir cuando se estanca la economía, la modernización se detiene y los esfuerzos políticos dejan de concentrarse en resolver problemas para, más bien, emplearse en inventar identidades que erigen muros y fronteras”.












