Hay momentos en los que la neutralidad deja de ser prudencia y se convierte en una forma “cómoda” de evadir una responsabilidad.
Colombia está en uno de esos momentos.
Nos acostumbramos a pensar que existen múltiples caminos. Pero cuando se acercan decisiones trascendentales, la realidad termina reduciendo las opciones. Y hoy, más allá de candidatos, enfrentamos dos visiones abismalmente distintas de país.
Dos opciones, no tres.
Por un lado, una visión de “IZQUIERDA” que interpreta al Estado como único determinante en el desarrollo de la sociedad, con máxima intervención, redistribución y control. Sus referentes históricos provienen de corrientes socialistas y estatistas que han tenido expresiones democráticas, pero también experiencias autoritarias y totalitarias.
El riesgo aparece cuando esa visión evoluciona hacia la concentración progresiva del poder. La experiencia latinoamericana muestra cómo algunos gobiernos comenzaron cuestionando instituciones independientes, luego confrontaron a los organismos de control, posteriormente buscaron mayor influencia sobre las cortes, los bancos centrales y los mecanismos de vigilancia democrática, hasta terminar debilitando los contrapesos que controlan al Ejecutivo.
Ninguna democracia, ni Venezuela, se convierte en lo que es hoy Venezuela de un día para otro. Los contrapesos no se destruyen necesariamente de golpe; se erosionan gradualmente hasta que dejan de existir. Fue un proceso gradual. Primero se polarizó el discurso. Después se desacreditó a quienes pensaban diferente. Luego se concentró poder político, económico e institucional. El resultado fue el debilitamiento de la separación de poderes, la pérdida de confianza inversionista, el deterioro económico y una de las mayores crisis migratorias de la historia reciente.
Por otro lado, existe una visión democrática de DERECHA que defiende una economía basada en la iniciativa privada, la inversión, la generación de empresa y la libre competencia como motores de desarrollo. Una visión que considera que el crecimiento económico, acompañado de un Estado social de Derecho, reglas estables y respeto por la propiedad privada, es la principal herramienta para generar oportunidades en equidad.
Sus riesgos existen y también deben reconocerse: puede caer en excesos de mercado, en desconexión social o en concentración económica. Pero institucionalmente se cimienta en la independencia del Banco de la República, en la separación de poderes y en la existencia de contrapesos que controlan el poder presidencial.
La discusión de esta elección no es simplemente sobre candidatos. Es sobre el rumbo del país.
No votar o votar en blanco puede parecer una posición moralmente “cómoda”. Pero cuando una sociedad enfrenta una decisión trascendental, no escoger también produce consecuencias.
La democracia implica libertad. Pero también exige responsabilidad.
En este contexto, votar en blanco es una forma pusilánime de decisión.
Y, cuando una nación llega a una bifurcación histórica, nuestra responsabilidad es determinar conscientemente un rumbo.
PD. Emitido antes de cierre electoral.












