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Jueves 23 de julio de 2026 - 01:00 AM

La obesidad no siempre empieza en el estómago

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Hubo un momento en mi vida en el que me cansé. Me cansé de justificar el sobrepeso, de prometer que empezaría “el próximo lunes”, de sentir que mi cuerpo ya no respondía como quería y de normalizar una condición que estaba afectando mi salud.

Yo también fui obeso. Y ese día entendí que el cambio no comenzaba con una dieta; comenzaba con una decisión.

Esa experiencia me enseñó algo que hoy confirmo todos los días como psiquiatra: la obesidad no siempre empieza en el estómago.

Con demasiada facilidad decimos que una persona con obesidad “no tiene fuerza de voluntad”. Es una explicación cómoda, pero profundamente injusta. La obesidad es una enfermedad compleja en la que intervienen factores genéticos, hormonales, metabólicos, ambientales y psicológicos. Reducirla a la falta de disciplina es desconocer décadas de investigación y, peor aún, aumentar el sufrimiento de quienes la padecen.

Muchas personas no comen únicamente porque tienen hambre. Comen porque están ansiosas, porque viven bajo un estrés permanente, porque intentan aliviar un duelo, porque la comida se convirtió en el premio después de un día difícil o en el refugio frente a una vida que duele. Comen porque es la única forma que tienen de “llenar” ese vacío. La alimentación puede convertirse, sin darnos cuenta, en una forma de regular las emociones.

Pero también quiero decir algo que aprendí en carne propia: comprender las causas no significa resignarse a ellas. Entender por qué llegamos a un lugar no nos obliga a quedarnos allí.

Mi proceso no fue perfecto. Hubo recaídas, frustraciones y días en los que quise abandonar. Sin embargo, descubrí que la disciplina pesa más que la motivación. La motivación aparece y desaparece; la disciplina permanece cuando el entusiasmo se ha ido. Ese cambio de mentalidad transformó mi relación con la comida, con el ejercicio y conmigo mismo.

Hoy existen herramientas que antes no teníamos. La nutrición basada en evidencia, la actividad física adaptada a cada persona, el acompañamiento psicológico y psiquiátrico e, incluso, medicamentos altamente efectivos para quienes los necesitan, y hasta procedimientos más invasivos han cambiado el panorama del tratamiento. No son soluciones mágicas ni sustituyen el compromiso personal, pero tampoco son un fracaso o un atajo. Son herramientas médicas que pueden salvar vidas cuando están bien indicadas.

Lo que sí debemos abandonar es el juicio. Nadie conoce la batalla que libra otra persona al mirarla. Detrás de muchos cuerpos hay historias de ansiedad, pérdidas, frustraciones, enfermedades y una culpa que pesa más que los kilos.

Yo logré cambiar porque un día entendí que merecía vivir mejor. Y esa es, quizá, la reflexión más importante: la obesidad no se vence con humillación ni con críticas. Se enfrenta con conocimiento, acompañamiento y una decisión firme de cuidar la salud.

Porque el objetivo nunca debería ser simplemente bajar de peso. El verdadero objetivo es recuperar la vida.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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