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Lunes 01 de junio de 2026 - 01:00 AM

CUS 200 años: del civismo al olvido

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Cuesta creer que la estructura que hoy sostiene los despojos de nuestro sistema educativo nació de la lucidez pragmática del general Francisco de Paula Santander. Hace dos siglos, el “Hombre de las Leyes” entendió que una república huérfana de ciudadanos alfabetizados era una farsa destinada al fracaso. Bajo esa premisa providencial, fundó el Colegio Universitario del Socorro, una institución concebida no como una fábrica de diplomas vacíos, sino como un eje de utilidad civil, donde aprender a leer, escribir y pensar significaba adquirir las herramientas elementales para servirle a la patria.

A mediados del siglo pasado, el eco de esa formación integral todavía resonaba con fuerza. Quienes pasamos por sus aulas en los años setenta y ochenta fuimos testigos del final de una era dorada; una época en la que el bachillerato “clásico”, a pesar de traer colgado ese sambenito, coexistía sin complejos con asignaturas tan diversas como la anatomía, la contabilidad, la mecanografía y la radiotecnia. El egresado no salía a flotar en la incertidumbre laboral, sino que contaba con el fundamento moral e intelectual necesario para asumir con solvencia cargos administrativos y liderazgos sociales. Ser bachiller del Universitario del Socorro era un sello de distinción y garantía de solvencia ciudadana ante el país.

Desafortunadamente, el desplome posterior fue inclemente. Nos tocó ver cómo la mediocridad del modelo estatal comenzó a corroer la vocación docente, que abrió una brecha dramática entre los profesores de raza y aquellos que convirtieron el aula en fortín de frustraciones personales. Convivimos con la excelencia encarnada en hombres de la talla de Rafael Ernesto Moya Franco, un maestro de ciencias sociales cuya altura pedagógica nos marcó para siempre, demostrando que enseñar es un acto de profunda dignidad. Pero también padecimos las sombras de profesores desvergonzados, tiranos de perfil humano diminuto que imponían castigos físicos infames —más cercanos a un régimen totalitario que a una academia— y docentes improvisados que pretendían dictar cátedras cuyos principios elementales ellos mismos desconocían.

A pesar de estas fracturas, el Colegio Universitario defendió con gallardía su herencia durante décadas, manteniéndose invariable en la cúspide de los resultados globales de las pruebas de Estado. Sin embargo, hoy su ausencia en los listados de excelencia regional y nacional es el síntoma inequívoco de una decadencia sistémica. El problema actual no radica en la falta de capacidad de los maestros, sino en una estructura educativa degradada y desprovista de alma. Si pretendemos rescatar el espíritu santanderino, es urgente recuperar el rigor de antaño y sumar voluntades políticas y civiles para desmontar este modelo inerte. Es hora de entender que educar no consiste en rellenar planillas ni en memorizar lecciones desechables, sino en formar seres humanos con el carácter suficiente para transformar su realidad.

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