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Jueves 16 de julio de 2026 - 01:00 AM

Las palabras que también reparan

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Cuando se habla de las víctimas del conflicto armado, casi siempre pensamos en justicia, sanciones o reparación. Todo eso es necesario. Pero hay palabras que ninguna sentencia puede reemplazar.

No basta con que un expediente confirme lo ocurrido ni con que una sentencia establezca responsabilidades. Muchas víctimas necesitan escuchar algo que ningún documento judicial puede decir: “Sí ocurrió. Fue mi responsabilidad. Nunca debió pasar”.

Quienes hemos presenciado encuentros entre víctimas y comparecientes descubrimos que allí sucede algo difícil de explicar desde el derecho. En esos espacios no solo se confrontan versiones. También se encuentran dos partes humanas marcadas por una misma tragedia, aunque desde perspectivas completamente distintas. De un lado permanece el dolor irreparable de quien perdió a un ser querido. Del otro aparece alguien que, después de años de silencio, decide asumir sin excusas el peso de sus propias decisiones.

No todas las palabras producen el mismo efecto. Reconocer implica aceptar responsabilidad. Y esa diferencia puede cambiar por completo la manera en que una víctima recibe la verdad.

Hay frases que poseen un valor difícil de medir. Escuchar que la persona asesinada no era un enemigo, ni una cifra en un reporte militar; que tenía nombre, familia, sueños, proyectos y un lugar dentro de su comunidad significa rescatar su humanidad de los informes, expedientes y registros de violencia que durante años redujeron su historia a un hecho más del conflicto.

Ningún perdón devolverá la vida perdida. Ninguna audiencia eliminará décadas de ausencia. Tampoco existe una fórmula capaz de borrar el sufrimiento de una familia. Pero reconocer el daño con sinceridad permite que la víctima vuelva a ser recordada por la vida que tuvo, por sus afectos, proyectos y la persona que siempre fue.

También es cierto que el arrepentimiento sincero exige mucho más que pronunciar unas palabras. Supone renunciar a las justificaciones, abandonar la negación, decir toda la verdad y comprender que el uniforme, el poder o las circunstancias del conflicto nunca pueden convertirse en refugio para eludir la responsabilidad por las decisiones tomadas. Quien reconoce el daño también reconoce que traicionó el deber de proteger la vida, y esa aceptación tiene un profundo significado para las familias que durante años esperaron escucharla.

Quizá por eso los actos de reconocimiento conmueven cuando son auténticos. No porque sustituyan la justicia o borren el dolor, sino porque, cuando quien causó el daño reconoce la verdad ante la familia de la víctima, esta deja de ser una cifra o un expediente de guerra para volver a tener nombre, historia y el lugar que siempre debió ocupar en la memoria de quienes la amaron. Allí comienza una reparación que nace del reconocimiento sincero de la humanidad que nunca debió perderse.

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