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Jueves 16 de julio de 2026 - 01:00 AM

La salud mental de un mundo que necesitaba a Noruega

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Antes de que Noruega quedara eliminada, millones de personas en el mundo querían verla levantar la Copa. No era la selección con más títulos, ni la más poderosa, ni la que contaba con la historia más gloriosa. Era el equipo que representaba algo que todos necesitamos creer: que el trabajo silencioso, la disciplina y la perseverancia pueden derrotar al poder establecido.

Eso dice mucho de nosotros.

Vivimos en una sociedad agotada de los mismos protagonistas. En el deporte, en la política, en las empresas e incluso en la vida cotidiana, pareciera que siempre ganan los mismos. Por eso, cuando aparece alguien que desafía esa lógica, nace una identificación emocional inmediata.

Desde la psiquiatría sabemos que el ser humano necesita esperanza. No una esperanza ingenua, sino una que demuestre que el esfuerzo tiene recompensa. Noruega se convirtió en ese símbolo.

Muchos no conocían el himno noruego, nunca habían escuchado la palabra Oslo, o, si acaso, en “La casa de papel”, y probablemente no podrían ubicar varias de sus ciudades en un mapa. Sin embargo, celebraban cada victoria como si fuera propia. ¿Por qué? Porque, sin darse cuenta, estaban celebrando la posibilidad de que ellos mismos también pudieran vencer sus propias batallas.

Las personas no solo siguen campeones. Siguen relatos con significado.

Y aquí aparece una enseñanza importante para la salud mental.

Quienes viven comparándose con otros suelen creer que únicamente vale la pena admirar a quienes siempre triunfan. Sin embargo, la salud mental florece cuando dejamos de obsesionarnos con la perfección y comenzamos a valorar los procesos. Noruega no despertó admiración por ser invencible. La despertó porque llegó mucho más lejos de lo que muchos esperaban.

Eso conecta con nuestras propias vidas.

El paciente que vence una depresión. El empresario que se recupera de una quiebra. El deportista que vuelve después de una lesión. El matrimonio que supera una crisis. Ninguno emociona por ser perfecto; emociona porque demuestra que el esfuerzo todavía puede cambiar el destino.

Tal vez por eso tantos queríamos ver a Noruega campeón.

No era solo por Haaland ni por un buen torneo. Era porque necesitábamos confirmar que la disciplina aún podía derrotar al favoritismo, que la humildad seguía teniendo espacio y que las historias extraordinarias todavía podían escribirse.

La salud mental también se alimenta de esas victorias simbólicas.

Porque cuando dejamos de creer que los cambios son posibles, aparece el terreno fértil para la desesperanza. Y cuando recuperamos la capacidad de emocionarnos con el éxito de quien parecía no tener posibilidades, también recuperamos una parte de nuestra propia capacidad para creer.

Quizá esa fue la verdadera conquista de Noruega.

No ganar una Copa del Mundo.

Sino recordarnos que, incluso en un mundo donde pareciera que siempre vencen los mismos, el ser humano sigue necesitando creer que los imposibles también tienen derecho a competir.

Ah, y lo de Cabo Verde… eso será para otra columna.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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