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Martes 14 de octubre de 2025 - 01:00 AM

¿Y, realmente, quién paga el arancel?

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Hace pocos días, unos estudiantes me preguntaron por la política de aranceles que, con ruido y amenazas bravuconas, está imponiendo el gobierno Trump. Ante ello decidí tratar el tema en esta columna de opinión, sin pretensión alguna, tomando como guía conceptos emitidos por el economista norteamericano Richard Wolff.

Los aranceles son realmente un impuesto sobre mercancías producidas en países distintos al que los impone; existen desde hace siglos, se supone que buscan proteger la industria nacional y se aplican en mayor o menor medida, según el modelo económico vigente y las circunstancias de cada momento histórico.

¿Quién paga el arancel? En primera instancia, el importador de la mercancía, pero suele cargárselo al precio de venta de tales productos al público. Así, el que termina pagándolo es el consumidor final, es decir, los nacionales del país que impone tal arancel.

Cuando un consumidor norteamericano compra un producto chino, o brasileño, que está gravado con un arancel alto, le resulta costoso. ¿Qué se busca con ello? Que el Estado obtenga más ingresos por concepto de impuestos. ¿Razón de fondo de ello? ¿Por qué Trump juega a ser el “norteamericano feo”? Porque Estados Unidos arrastra desde hace años (y crece año a año) una inmensa deuda, el Estado está gastando más de lo que recauda, sus cifras en rojo quitan la respiración. Sí, su economía está mal, el dólar está perdiendo poder adquisitivo e internacionalmente deja de ser atractivo. Por ello Trump busca aumentar los ingresos subiendo aranceles.

La forma como se están aplicando dichas medidas no es seria, les falta sensatez. Por su temperamento y estilo, fanfarrón y agresivo, el actual presidente de EE. UU. lo anuncia en forma fastidiosa y prepotente, dice “castigar” a China, Brasil a Colombia, pero sanciona es al comprador final, al norteamericano de a pie.

¿Esa medida es eficaz? Los expertos en Hacienda Pública consideran que no es inteligente, que buscando proteger a las empresas nacionales termina restando calidad a sus productos, castiga a las clases medias, a los trabajadores, a los compradores, quienes cada vez deben “apretarse más el cinturón” al hacer mercado y compras. Además, amplía la brecha social, aumenta las contradicciones sociales, deshilacha el tejido social. Más si se aplica con fantochería ‘marinada’ con bravuconería.

Es una medida que muestra un trasfondo débil, destruye alianzas entre países, más cuando se complementa con otra, distinta, que es “lo obligo a que me compre” como ha hecho con los países de la Otan, al exigirles cuánto le deben comprar en armamento a EE. UU., ocasionándoles graves problemas económicos internos. ¿Se estará pegando un tiro en el pie el señor Trump?

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