En Colombia las amenazas hay que tomarlas enserio. Llegamos al absurdo de verlas como algo rutinario; “amenazaron a un periodista”, “amenazaron a un concejal”, “amenazaron a un líder social”. Lo decimos sin sentir el peso de lo que eso significa. Es como si fuera parte del paisaje, una costumbre más en este país que parece haberse anestesiado frente al miedo.
Pero las amenazas no son palabras al aire. Suena obvio, pero son advertencias. Y detrás de cada mensaje intimidante hay una intención clara y es callar. Callar al periodista que investiga, al abogado que denuncia, al líder que reclama, al ciudadano que se atreve a decir que algo no anda bien. Esa es la raíz del problema; la violencia como forma de silenciamiento.
El periodista en Colombia vive en una paradoja cruel. Se le exige que denuncie, que revele, que investigue, pero cuando lo hace, lo dejan solo. Y entonces llegan los mensajes, los seguimientos, las llamadas en la noche. Y lo peor no es la amenaza en sí, sino la sensación de que nadie va a hacer nada.
Las instituciones responden con el manual de siempre: “estamos investigando”, “se activó el protocolo”, “se analiza el nivel de riesgo”. Palabras que no protegen a nadie. Mientras tanto, los que reciben las amenazas duermen poco, cambian sus rutinas, aprenden a vivir con la paranoia como si fuera parte del oficio.
Deberíamos tomarnos las amenazas en serio. No solo porque muchas veces se cumplen, sino porque cada una de ellas erosiona un poco más la confianza en la palabra y, sobre todo, en nuestro sistema democrático. Una sociedad que no protege a quien informa, acaba condenada a la ignorancia.
El miedo es contagioso, así como también lo es la indiferencia. Y cuando ambas se combinan, muere el saber, el debate y la verdad.
Por eso este texto no es solo una reflexión sino un llamado. A los ciudadanos, a los medios, a las universidades, a los jueces, a los colegas. A entender que la libertad de prensa no es un privilegio del periodista, sino un derecho de todos.
Amenazar a uno es mandar un mensaje a la sociedad en general. Pero el silencio no puede ser la respuesta y mucho menos desde mi responsabilidad como columnista. En un país donde la verdad duele y cuesta, cuidarla debería ser una causa común, tarea de todos.
Mi solidaridad y respaldo con quienes siguen hablando cuando otros callan: periodistas, jueces, veedores, ciudadanos valientes. En especial, a Alejandro Villanueva, que hoy encarna esa lucha.












