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Martes 30 de junio de 2026 - 01:00 AM

Nadar contra la corriente: la empatía como resistencia

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Parece que hoy apelar a análisis más profundos y menos sensacionalistas es nadar contra la corriente. Entonces, ¿cómo conciliar una realidad completamente digitalizada en la que las pantallas y su ficción llevan la delantera?

Esta pregunta no será fácil de responder; sin embargo, ante un mundo en constante riesgo de banalidad, esta cruzada es importante. Más cuando en Colombia somos testigos de la creciente degradación del lenguaje: las agresiones postelecciones son innumerables; circulan sin freno videos donde el lenguaje violento es lo habitual.

Para pensar sobre esta realidad fracturada por la intolerancia, viene bien recordar lo que Susan Sontag planteaba en 1965 en su ensayo “Una cultura y la nueva sensibilidad”. Allí mencionaba que poco importaba si la tecnología automatizada era concebida como un conjunto de procesos artificiales ruidosos y cargados de humo que mancillaban la naturaleza y uniformaban la cultura; al final, el juicio en general seguía siendo el mismo: los hombres literarios han aborrecido y deplorado el cambio.

Esto, además, nos invita a reflexionar sobre el elitismo que siempre ha permeado la noción de cultura: esa idea de que por tener cierto entusiasmo hacia las artes se goza, de facto, de una pretendida superioridad moral. Una presunción que hoy exige una reevaluación, pues debemos reconocer un fracaso considerable al ver cómo seguimos ampliando la brecha entre lo “culto” y lo popular. Sontag, haciendo referencia a la tensión entre la cultura artístico-literaria y la científica, resume:

“El problema de «las dos culturas»… descansa sobre una concepción ni culta ni contemporánea de nuestra situación cultural actual. Deriva de la ignorancia de los intelectuales literarios (y de los científicos con un conocimiento superficial de las artes… acerca de una nueva cultura y su sensibilidad emergente. De hecho, ningún divorcio cabe entre la ciencia y la tecnología por una parte, y el arte por la otra, como no puede haber divorcio entre el arte y las formas de la vida social. Obras de arte, formas psicológicas y formas sociales se reflejan mutuamente, y cada una cambia cuando cambian las otras…”.

En consecuencia, surge otra pregunta: ¿cómo volver “pop” los análisis rigurosos? Primero, debemos reconocer que el esnobismo intelectual ha ahuyentado a las mayorías, abriendo una brecha con los sectores alejados de la academia. La misma etiqueta de “inculto” solo profundiza la segregación; nadie que sea etiquetado bajo ese sesgo se sentirá acogido o motivado a dialogar. Por tanto, la confluencia entre la cultura artístico-literaria, la científica y la popular debe ser un aprendizaje mutuo, donde la conversación sea amable y horizontal.

En un mundo donde la ofensa y el desdén parecen ser la regla, la búsqueda de un lenguaje empático y asertivo, sin duda, constituye la verdadera revolución.

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