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Martes 18 de agosto de 2026 - 01:00 AM

¿Qué nos sostiene? Cuando la esperanza se abre paso

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Jueves 13 de agosto. Salgo de Bucaramanga rumbo a Cali. Recorro una ciudad intacta en medio de una tragedia que ocurre en el occidente del país. El 10 de agosto, a las 7:34 a. m., un terremoto de magnitud 7,4 tuvo epicentro en el municipio de San José del Palmar.

Solo tres días antes, el 7 de agosto, Cali había sido escenario de un hecho inédito: por primera vez una posesión presidencial se hacía fuera de Bogotá. Una coincidencia que debe mantener los ojos del país sobre esta región, especialmente en los lugares afectados de Chocó, Risaralda, Valle del Cauca, Caldas y Quindío. Nuestro Pacífico, históricamente rezagado, nos necesita más que nunca.

12:10 p. m., 30 grados centígrados bajo un sol implacable y aún hay personas bajo los escombros. Veo las primeras estructuras colapsadas; más adelante, edificios con enormes grietas que los atraviesan. Adentro todavía hay familias que se aferran, con miedo y devoción, a que la tierra no se mueva un milímetro más.

En la radio, el papá de Diana Troncoso, rescatada después de 30 horas bajo los escombros, dice con una voz cargada de optimismo: “Con paz y amor uno consigue lo demás”.

Después, me voy enterando de historias para las que no hay palabras. Como la de Ana María Saavedra, una de las trillizas y la única sobreviviente de su familia. Sus padres, Jairo y Victoria, y su hermana Sofía fueron encontrados sin vida bajo los escombros. Su otra hermana, Isabella, estaba desaparecida hasta que fue encontrada sin vida la noche del jueves 13, mientras Ana María continúa en la clínica.

Veo en Instagram a un rescatista, “julizombie”, junto a Héctor Méndez, el “topo mayor” de los rescatistas mexicanos. En el pie de foto: “Hoy crucé caminos con un hombre que encarna la definición de un héroe auténtico. Me impactó su calma imperturbable y su vasto conocimiento, pero sobre todo, cómo utilizaba el humor para aliviar el peso del momento…”.

Frente al dolor esperamos determinadas reacciones, como si hubiera una manera correcta de vivirlo. ¿Una reacción espontánea de alegría no puede ser también una forma de acompañarlo? Seamos menos severos. ¿Acaso no hay espacio para una sonrisa, una risa contagiosa o un abrazo efusivo en medio de tanto dolor y desconcierto?

Otras imágenes también nos inundan de esperanza: rescatistas alzando sus manos empuñadas pidiendo silencio sobre los escombros, buscando oír señales de vida. El poder del silencio: estar prestos a oír para brindar ayuda.

Hay múltiples iniciativas: colectas de insumos para familias y mascotas, donaciones a organizaciones, rifas, conciertos benéficos, campañas solidarias... No dejemos de aportar. La reconstrucción requiere constancia y sostenibilidad en el tiempo.

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