En los paisajes de Galán, Santander, algo está pasando. Un aire de renovación recorre las aulas de los Colegios Alfonso Gómez Gómez y San Isidro, donde una nueva generación decidió dejar atrás la indiferencia y convertirse en la voz de su territorio. El proyecto resulta de un proceso de siembra ciudadana que comenzó en 2024, cuando la Personería y la Defensoría del Pueblo unieron esfuerzos para fortalecer la protección ambiental y los derechos ciudadanos.
Este despertar se consolida en dos frentes que comparten el deseo de conocer y cuidar lo público.
El camino inició con la formación de la “Veeduría Juvenil para un Buen Futuro”, un grupo pionero (2024), que centró su mirada en el control social de la pavimentación de la vía Zapatoca – Galán – Barichara. Estos jóvenes han hecho de la ley su principal herramienta, empleando los derechos de petición y tutelas para exigir información, transparencia y ejecución. Su camino es hoy un referente de participación cívica, pues están preparando su primera rendición de cuentas ante la ciudadanía, un ejercicio que demuestra que la juventud cuestiona, pero asume con responsabilidad la vigilancia de las obras que definen el destino de su municipio.
Mientras la veeduría consolida experiencia, otro grupo de jóvenes motivados por el mismo impulso pedagógico, ha comenzado a recorrer su entorno con ojos nuevos.
Aunque aún se encuentran en la etapa de formación, su proceso ya arroja frutos significativos: cartografía social para identificar sus “lugares de vida” y reconocer la riqueza natural que los rodea. En este grupo, la veeduría ambiental es un horizonte cercano, una meta que se cocina lentamente mediante el aprendizaje de los saberes tradicionales campesinos y la precisión técnica.
Si bien la Escuela de Formación para un Buen Futuro es una estructura impulsada por la Defensoría del Pueblo, su energía depende de un tejido humano local: el personero Gabriel Barreto, cuya visión “conocer para conservar” ha sido la hoja de ruta; el profesor Sergio Díaz, quien potencia el proceso en las aulas del Gómez Gómez con dedicación inquebrantable; la docente Jenny García, profe de San Isidro en Olla Negra, que conecta el aula rural de San Isidro con la realidad de la vereda; y la bióloga Silvia González Arteaga, guía técnica que dimensiona la importancia de la biodiversidad local.
Más allá de la técnica o el derecho, lo que está pasando en Galán es: “transformación cultural”. Estos jóvenes entienden que el agua, la tierra y lo público son elementos vitales para su propia existencia. Al estudiar su territorio, dialogar con sus mayores y reconocerse como sujetos de derechos, se consolidan como el motor de cambio en Galán. Lo que ocurre en Galán (Goméz Gómez, San Isidro, La Mesa y Olla Negra), es verdadera justicia social y ambiental. Su potencia: ejercicio de derechos, diálogo y acción.










