Los recientes movimientos sísmicos han convertido los terremotos en tema recurrente de conversaciones entre amigos. En varias comidas, también por mi condición de constructor, me han preguntado: ¿es seguro este edificio?, ¿debo preocuparme porque mi apartamento tiene algunos años?, ¿será mejor venderlo y comprar uno nuevo?
Mi respuesta comienza por algo que quizás estos días hemos olvidado: tenemos razones para estar tranquilos.
Colombia lleva más de cuatro décadas construyendo una institucionalidad sismorresistente seria. Después del terremoto de Popayán de 1983 llegó el Código Colombiano de Construcciones Sismo Resistentes de 1984. La Ley 400 de 1997 estableció posteriormente responsabilidades y requisitos técnicos.
La NSR-1998 modernizó criterios de diseño, incorporó nuevos conocimientos sobre amenaza sísmica y profundizó las exigencias para estructuras capaces de disipar energía. La NSR-2010 volvió a evolucionar: actualizó mapas de amenaza y fortaleció, entre otros aspectos, el tratamiento de elementos no estructurales como fachadas, muros, cielos rasos y vidrios.
Las estadísticas también ayudan a poner el momento actual en perspectiva. En el mundo ocurren, en promedio, alrededor de 16 terremotos de magnitud 7 o superior cada año. Lo observado en 2026 está dentro de los patrones históricos: la Tierra no está haciendo algo extraordinario; extraordinaria ha sido nuestra evolución para convivir con ella.
A esto sumamos algo que conocemos bien en Santander: una extraordinaria tradición de ingeniería. Tenemos excelentes ingenieros, arquitectos, universidades y empresas constructoras que durante décadas han construido con profesionalismo y responsabilidad.
Una construcción formal, diseñada por profesionales idóneos, licenciada, ejecutada responsablemente y sometida a los controles correspondientes, ofrece razones objetivas para confiar. No existe riesgo cero, pero tampoco razón para que cada movimiento de la tierra nos haga desconfiar automáticamente de nuestros edificios.
Distinto es aquello que no podemos verificar. En una construcción informal pueden no existir diseños, licencias, supervisión o trazabilidad suficiente. La formalidad tiene valor porque detrás existen ingeniería, responsabilidad y controles.
Mientras Colombia trabaja en una nueva actualización normativa, quizás el próximo avance pueda incluir una especie de historia clínica predictiva de las edificaciones existentes: bajo qué norma fueron construidas, qué intervenciones han tenido, cómo se han mantenido y cuál es su condición.
No para generar alarma. Precisamente para producir confianza.
Conocer periódicamente nuestras edificaciones permitiría conservarlas, actualizarlas cuando sea necesario y entender mejor su vida útil. Porque tampoco son eternas.
Entonces, ¿debo vender mi apartamento antiguo y comprar uno nuevo por temor a un terremoto?
No necesariamente.
La edad, por sí sola, no determina la seguridad. Importan su ingeniería, formalidad, construcción, mantenimiento y conocimiento.
Tenemos buenas normas, extraordinarios profesionales y empresas serias. Sigamos mejorando y preparándonos desde la razón, no desde el miedo.
La tierra seguirá temblando. Nuestra confianza en lo que hemos construido adecuadamente no tiene por qué hacerlo.











