Publicado por: Editorial
Lo sucedido en el municipio de Charta, donde un incendio forestal de casi cinco días generó una emergencia de gran magnitud, fue la primera señal inequívoca de que el fenómeno de El Niño ya ha comenzado con casos de calor extremo y la sequedad del ambiente que son factores perfectos para que el fuego se propague sin control; el mismo origen se le puede adjudicar a casos de escasez y suspensiones en el suministro de agua en Lebrija, Barbosa y El Socorro, ocurridos en las últimas dos semanas.
Estos incidentes en distintas zonas del departamento señalan con claridad que las altas temperaturas y el déficit de lluvias se mantendrán e incluso se intensificarán hasta marzo del año entrante. La temporada seca apenas comienza y ya hemos visto el poder destructivo del fuego y la fragilidad de los sistemas de acueducto. Si esto ocurre en los meses iniciales, lo que vendrá después podría superar ampliamente nuestra capacidad de respuesta, si no actuamos con diligencia desde ahora.
Por esto, los recursos para la prevención y la atención de emergencias deben ser liberados y destinados prioritariamente a las zonas más vulnerables, para la creación, entre otras cosas, de rondas cortafuegos, la limpieza de zonas de riesgo y la revisión exhaustiva de los inventarios de agua en los municipios, pues el abastecimiento de agua potable es, sin duda, el aspecto que genera mayor inquietud entre la población. Los cortes en Lebrija, Barbosa y El Socorro son una muestra de lo que podría generalizarse si la sequía se prolonga.
Seguramente se llegará a planes de racionamiento, pero también se debe invertir en soluciones alternas como la perforación de pozos profundos o la habilitación de plantas de tratamiento móviles. La ciudadanía, por su parte, debe adoptar hábitos de consumo más austeros y denunciar cualquier desperdicio que agrave la situación, con un sentido de colaboración entre el Estado y la sociedad para sortear los meses más difíciles.
El componente de salud es también determinante, pues las altas temperaturas ya están generando condiciones propicias para la proliferación de enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue o el chikunguña, además del polvo en suspensión que agrava los problemas respiratorios. Aparte de esto están los niños pequeños y los adultos mayores como los grupos de mayor riesgo frente a los golpes de calor y la deshidratación. La salud pública es un frente de trabajo que no admite desatención y sus recursos deben asignarse con suficiencia y diligencia.
La vida animal, doméstica y silvestre, también requiere de protección y en esto las entidades ambientales tienen la obligación legal y ética de implementar medidas como la instalación de bebederos en zonas estratégicas o la reubicación temporal de fauna en peligro. La indiferencia ante el sufrimiento animal no solo es inhumana, sino que altera los ecosistemas a veces irreversiblemente, malogrando el equilibrio natural que tarde o temprano nos afecta a todos.
La ciudadanía no es un actor pasivo en esta coyuntura y por ello la cultura del autocuidado, la práctica de no quemar basuras o malezas y la participación en las jornadas de limpieza comunitaria son hábitos que reducen significativamente los riesgos. La conciencia colectiva sobre el momento crítico que atravesamos puede marcar la diferencia entre una comunidad que se prepara y una que simplemente reacciona cuando ya es demasiado tarde.
El fenómeno de El Niño es un desafío que puede ser enfrentado con decisión y responsabilidad; los hechos pasados nos han dado lecciones claras sobre nuestra vulnerabilidad, pero también sobre nuestra capacidad para responder cuando actuamos con previsión. Las proyecciones para los próximos meses son severas, y no debemos engañarnos pensando que la situación mejorará sin un esfuerzo sostenido en el que todos tenemos un papel que cumplir para que las consecuencias de este periodo sean las menos dolorosas posibles.









