Este sábado 4 de julio de 2026, el Ministerio de Ambiente convoca al Salón Múltiple de Neomundo (8:00 a.m. a 4:00 p.m.) para la mesa de concertación de Santurbán bajo la Sentencia T-361. Tras una década de parálisis, toca decidir si nos resignamos al estancamiento del diálogo o si derretimos el hielo. El espacio está servido.
Esta es la oportunidad de frenar un diseño estructural de aislamiento. Hemos operado bajo un “fracking humano y organizacional” que usa debates institucionales para fracturar el tejido social, inyectar el veneno del estigma sobre el pequeño minero ancestral y secar la empatía. Cuando la burocracia recurre a silencios administrativos —como los vacíos de muestras en el Índice de Riesgo de la Calidad del Agua (IRCA)—, ejerce una violencia coercitiva que anula al habitante de la montaña. En Soto Norte, la tecnocracia pretende dictar el destino local mediante palabras vacías como “desarrollo sostenible” o “mitigación”, usadas como muros para anestesiar la conciencia y silenciar el clamor comunitario. Esta inercia es un simulacro de diálogo donde la cartografía se dibuja desde el asfalto, de espaldas al hambre del páramo.
A esta desconexión se suma la erosión del suelo común por la post-verdad digital. Las bodegas informáticas y las verdades a medias barren los nutrientes del argumento razonable, dejando un terreno árido donde la confianza no echa raíces. Exigir pureza ambiental desde la comodidad urbana mientras se ignora el mínimo vital del campesino custodio no es ambientalismo; es indolencia geográfica. No habrá seguridad hídrica para el asfalto de Bucaramanga si la alta montaña está sumida en la incertidumbre jurídica y el despojo de su identidad.
La salida exige el Triángulo Ético VRC: Verdad con lupa sobre cada micro-realidad; Respeto para unir la ciencia académica con la memoria nativa; y Coherencia estatal para aplicar Escazú y dejar de titular tierras con una mano mientras prohíbe la vida con la otra.
Antes de que el lenguaje fuera un truco de división, existió un compás primario que nos hizo humanos: el pulso compartido, el lub-tub de nuestra existencia. Cuidar la palabra es, en última instancia, cuidar el agua que nos apaga la sed y la tierra que nos da el pan. Asistir a Neomundo este sábado exige la honestidad radical de bajar el tono del prejuicio, encender la escucha y permitir que el agua viva vuelva a unir lo que la burocracia separó.
La montaña no es un templo esterilizado para la culpa de la ciudad, sino la piel donde el minero ancestral y el campesino esculpen su destino; redimir el páramo no es desterrar su historia por decreto, sino transmutar el pico, el azadón y el socavón en una nueva siembra que labre su futuro sin mutilar la vida.












