Hay cosas que uno termina normalizando sin darse cuenta. En Bucaramanga, por ejemplo, ver carros parqueados toda la noche sobre una vía pública ya dejó de escandalizar a cualquiera. En carreras como la 39, la invasión del espacio público por vehículos privados se volvió la norma en el entendido que unos pocos desadaptados decidieron que la calle era su garaje personal.
Uno pasa de día o de noche y los mismos carros siguen ahí, quietos, inamovibles, como si la calle les perteneciera. No es un hecho fortuito ni un acto aislado; es la muestra de una ciudad que se resignó al desorden. Y debo decir que yo mismo, como abogado de la entidad, le pedí a distintos funcionarios que actuaran y, como la canción, hasta el sol de hoy….
Lo más absurdo es que no hablamos de una zona marginal o desatendida. Estamos en el corazón de la ciudad, donde hay cámaras, tránsito, vecinos, y aun así, nadie hace nada. Se volvió costumbre que las vías se transformen en parqueaderos personales, mientras los peatones esquivan carros y los demás conductores deben invadir el carril contrario para pasar.

El problema del tránsito no está solo en los huecos ni en los semáforos dañados, sino en la cultura.
Nos acostumbramos a la lógica del “yo solo un momentico”, del “nadie me dice nada”, del “si todos lo hacen, por qué no yo”. Una invitación interesante a los agentes sería que visitaran un jueves o viernes en la noche la carrera 37 con 52. Allí ese “momentico” le implicaría un platal al municipio
No hay plan de movilidad que resista una ciudadanía que confunde la vía con su garaje ni operativo que funcione si la acción policial depende de denuncias esporádicas o de la suerte. Los carros siguen ahí, marcando territorio, como si la calle fuera una prolongación del patio de su casa.
Este fenómeno revela algo más profundo y es la pérdida del sentido de lo público. Creemos que el espacio común es de unos particulares y el resultado es una ciudad donde el desorden se volvió un paisaje. Ojalá algún día las autoridades entiendan que hacer cumplir las reglas de tránsito no es un capricho, sino una forma de proteger la convivencia. Y que los ciudadanos entendamos que respetar el espacio público no es obedecer por miedo, sino por respeto.
Mientras tanto, los carros seguirán durmiendo sobre la vía, desafiando la ley y el sentido común.
Yo, por mi parte, sigo esperando el milagro de ver una patrulla por la carrera 39. Tal vez algún día alguien note la camioneta Hyundai plateada que lleva más de un año parqueada en el mismo punto, como si la vía pública le perteneciera.











