Ya nadie habla de globalización. Su antagonista, el nacionalismo puro y duro, le ha ganado espacio en los discursillos electorales y en la labia populista. Los líderes espolean a las masas a “hacer grandes otra vez” a sus sociedades (EEUU o Argentina, por nombrar apenas dos cercanos), o incluso a separatismos audaces y a la postre costosos (el Brexit, o el latente y periódicamente telúrico arrebato catalán).
En los 90 todo era integración, intercambio y libre tráfico de bienes y personas al interior de bloques creados en torno a sinergias, complementariedades y similitudes. Todo eso parece un remoto pasado en esta barahúnda de conflictos, segregacionismos (incluso internos), belicismo arancelario y lenguaje despótico de muros.
La interdependencia global se dibujaba como una forma de organización que reducía los conflictos y promovía el progreso. No lo fue tanto. Tampoco fue un invento de finales del siglo XX. En oleadas previas de integración, surgieron instituciones como la ONU (un plausible anhelo supranacional), las bancas multilaterales, los organismos de cooperación, y se fortalecieron la diplomacia y el Derecho Internacional como instrumentos de solución de controversias. Fueron los años de post-guerra e incluso de la guerra fría. Pero, también la integración hizo surgir regiones excluidas y codependencias desiguales entre bloques, que periódicamente desataban disputas subidas de tono.
¿Hay acaso alguna correlación entre el alto nivel de conflictividad internacional actual y el declive de la globalización? No es un pensamiento nuevo, ya Emmanuel Kant afirmaba que “los pueblos que comercian entre sí difícilmente se harán la guerra” (La paz perpetua, 1795). Hay que reconocer que la integración no terminó de ser totalmente exitosa: si bien los conflictos dejaron de ser ideológicos o raciales y salieron del campo de batalla armado, no desaparecieron, solo se trasladaron al terreno de la tecnología y la economía, dejando desigualdades y resentimientos a su paso.
Pero quizás las disputas sean connaturales a la convivencia y no haya todavía sistema perfecto que nos haga ángeles viviendo en paz augusta. De lo que se trata es de encontrar canales civilizados de estabilidad social dentro de las divergencias, como el Derecho global con instituciones supranacionales fuertes. La salida del closet -otra vez- de racismos, supremacías étnicas o ideológicas y liderazgos personalistas autoritarios con entronización de supuestos ‘iluminados mesiánicos que imponen la sinrazón y la cultura de la cancelación’, es solo un patético retroceso hacia la barbarie. Esas frases tontas como “lo tenemos todo para ser grandes” con la sosa respuesta de una lista de culpables (migrantes, corrupción, criminalidad etc.) desconoce que tanto lo malo como lo bueno, es cierto, lo tenemos; pero no somos los únicos, hay muchos más, ahí está la mayor trampa del nacionalismo.












