La noticia del cierre de la ruta Bucaramanga–San Gil, operada por SATENA, deja muchas lecciones sobre cómo entendemos —o malentendemos— la planificación de la conectividad regional en Santander. La suspensión de esta operación es el reflejo de una estrategia que deja dudas sobre su diseño.
El cliente natural de esa ruta no era el sangileño promedio en plan de paseo. La clave estaba en pensar más allá del perímetro local. Tal vez SATENA (a quien le agradecemos la intención y el esfuerzo) debió apuntar sus esfuerzos de mercadeo en Bogotá y Medellín, un público de mayor poder adquisitivo, dispuesto a pagar un tiquete aéreo para ganar tiempo y comodidad frente a las largas y maltrechas carreteras que aislan a Santander. Ese turista, que valora el tiempo tanto como el paisaje, habría encontrado en Barichara, el gran anzuelo: un destino icónico, y junto a otros tesoros del sur como San Gil, Socorro, Curití y Pinchote.
Sin embargo, la operación aérea nació sin una estrategia de destino articulada. No se construyó una narrativa de región que vendiera el conjunto de experiencias que ofrece el sur de Santander: la aventura, el patrimonio, la cultura y la gastronomía.
Parecería que SATENA creyó que su competencia eran las empresas de transporte terrestre, cuando los verdaderos competidores eran otros destinos como Villa de Leyva o Cartagena.
La falta de coordinación entre actores locales fue otro lastre. Los empresarios turísticos, las alcaldías vecinas, la CAS y la propia Gobernación no aprovecharon la oportunidad para utilizar la ruta. No hubo incentivos para el turismo de negocios o de eventos pequeños, que podría haber sostenido la ocupación entre semana sin canibalizar la demanda del turismo tradicional de fin de semana, pese al esfuerzo que hizo la Cámara de Comercio.
Lo ocurrido debe leerse como una advertencia: No basta con inaugurar vuelos ni hablar de “conectividad regional” en los discursos. Las rutas aéreas no se sostienen por decreto, sino por estrategia: hay que entender los mercados, segmentar los públicos, articular la oferta turística, garantizar infraestructura de apoyo y medir la capacidad real de generar tráfico constante. En este mismo espacio celebré hace unos meses la apertura de la frecuencia, pero imaginaba que había más estrategia detrás.
Aun así, el sur de Santander tiene todo para despegar —si se hace bien—. Su riqueza natural, su valor patrimonial y su creciente oferta gastronómica lo convierten en un destino con gran potencial. Pero ese potencial solo se materializará cuando entendamos que un aeropuerto no es solo una pista, sino una puerta de entrada a una experiencia integral que necesita coordinación, promoción y visión de largo plazo.
En turismo, como en aviación, si queremos que el sur de Santander vuele alto, hay que planear bien el despegue.












