Hoy me despido de las páginas de Vanguardia para asumir una nueva responsabilidad con el país. Me inscribiré como candidato al Senado de la República, convencido de que Colombia necesita una voz firme, honesta y liberal que defienda la democracia, la libertad y la esperanza.
Agradezco profundamente a la familia Galvis, que me brindó este espacio de opinión. Ha sido un privilegio compartir reflexiones sobre lo que somos y hacia dónde debemos ir. Este periódico ha sido un hogar de respeto, pensamiento libre y compromiso con Santander, una región que tiene todo para seguir creciendo.
En esta columna hablamos de lo que somos: una tierra trabajadora, orgullosa y capaz de reinventarse. Santander tiene el talento, la disciplina y la fuerza para no solo mantenerse entre los primeros lugares de competitividad, sino para llegar aún más alto. Lo lograremos apostándole a la educación, la infraestructura, el turismo, la innovación y, sobre todo, a la confianza en su gente.
Hace dos años aspiré a la Alcaldía de Bucaramanga, con la ilusión de servirle directamente a mi departamento. No se logró el resultado que esperábamos, pero sí algo mucho más valioso: el cariño de la gente, la fuerza de las ideas y la certeza de que la política decente aún tiene espacio y sentido.
He recorrido el país, he escuchado a las regiones y he acompañado causas sociales, económicas y ambientales con la conciencia tranquila, sin tacha ni investigaciones, y cumpliendo cada tarea con disciplina, decencia y resultados. En la política, como en la vida, la transparencia es la mejor carta de presentación.
No aceptaré que la mentira, la división o el desgobierno sigan marcando el rumbo del país. Creo en el trabajo serio, en la palabra cumplida y en un liberalismo moderno y valiente, capaz de volver a unir a Colombia. Defenderé la Constitución del 91, porque las grandes transformaciones se logran con ideas, diálogo y carácter, no con imposiciones.
Han pasado cinco años desde la partida de mi padre, un hombre que me enseñó a servir con amor y sin miedo. El mejor homenaje que puedo hacerle es seguir su legado: sirviendo, haciendo, no viendo los toros desde la barrera, sino hablando alto y fuerte, aunque a algunos les incomode.
En este nuevo camino, mi familia, mi esposa Nati y mis hijos Salomón y Horacio Antonio son mi soporte y mi guía, el motivo que me impulsa a servir con más amor y compromiso.
Seguiré trabajando con convicción, carácter y esperanza. Desde donde esté, seguiré escuchando a Santander y sirviéndole a Colombia, porque servir no es una ambición, es un honor.












