¿Qué representa la informalidad? Es probable que tengamos una percepción distorsionada y una estigmatización injusta. No es una amenaza, es una oportunidad.
No se trata de “formalizar al informal”, sino de capturar valor donde hoy nadie cobra, porque el Estado llega con rigidez, los bancos no alcanzan el territorio y las marcas no fragmentan.
El área metropolitana de Bucaramanga, con cerca del 50% de ocupación informal y un índice Gini bajo, es un laboratorio ideal: muchos jugadores pequeños con la misma necesidad; un mercado donde se pueden escalar ofertas estandarizadas en logística, microfinanzas, microseguros, distribución, espacios compartidos o software mínimo.
El empresariado y el Estado suelen marginar al “informal”, como si fuera ilegal, cuando en realidad representa la microeconomía pura y dura del país: el rebusque, el trabajo diario, la creatividad y la capacidad de atender segmentos olvidados.
Las características de este mercado son claras: consumo diario y de bajo monto (alta rotación, ticket pequeño); bajo uso bancario formal y mayor adopción de ecosistemas mixtos de efectivo y digital (Daviplata, Nequi, Nu, Mosi/Crezcamos, entre otros); elasticidad de precios altísima (se cambia de proveedor por pesos, no por marca); competencia por proximidad (barrio, WhatsApp, puerta a puerta); y baja barrera de entrada y alta mortalidad empresarial.
El “informal” paga por reducir riesgo, no por legitimar su operación. Compra soluciones que le ahorren tiempo, pérdida o exposición, no regulación. Y aunque no quiere factura, sí quiere vender más.

Casi la mitad del empleo nacional y cerca de un tercio del PIB provienen de actividades informales, la gran mayoría dignas, legales y meritorias. Paradójicamente, casi todo emprendimiento exitoso nace informal y, al escalar, se formaliza. Por eso, más que una anomalía, la informalidad es un semillero natural de iniciativa económica.
“Donde hay un mercado informal, hay una necesidad insatisfecha esperando innovación”: Peter Drucker.
Es una oportunidad diseñar mecanismos que reconozcan al informal como parte de la economía y extender beneficios y subsidios adaptados a su realidad. Hoy, para acceder a un subsidio de vivienda hay que ser formal, y para obtener un crédito hay que demostrar que no lo necesita. Esta paradoja excluye a millones de hogares con flujo real de ingresos.
El Estado, en su afán por formalizar, muchas veces consigue lo contrario: impone niveles de complejidad operativa y fiscal que el mercado del día a día prefiere ignorar. El resultado es un ecosistema paralelo que crece al margen, pero no contra la ley.
Sería útil una reforma tributaria para dinamizar y fortalecer al informal, no para castigarlo. Integrarlo de manera práctica y simple al sistema, sin sofocarlo, permitiría ampliar la base económica real y formalizar lo productivo, no solo lo contable.
“Dios perdona, el hombre a veces, el mercado, nunca”.










