Se puede pensar que cada persona es dueña de su atención. La explicación sicológica sobre lo que cada uno prioriza —que ocupa gran parte de su mente— no siempre corresponde con la realidad fisiológica de lo que involuntariamente llama la atención de las personas, y que da origen a un nuevo, entrometido y persistente pensamiento. Y en esta relación no suelen haber consensos: llevar en la memoria un recuerdo ingrato o una actitud motivadora, se puede volcar, contrastando este sentir, con un sonido invasivo que, en las circunstancias en que se produce, lo experimentamos como ruido. Y luego, en medio de un ‘disgusto medioambiental’, nuestra atención se convierte en incomodidad.
Hay gente que dice vivir en “barrios muy tranquilos”. Otros que advierten que esto es relativo; porque… durante ciertos días, a ciertas horas, con ciertos vecinos… Aquí la tranquilidad tiene que ver con el sonido. Hay que aclarar que, indistintamente, interactuamos y hacemos parte del sonido desde que estamos vivos, en acciones naturales o artificiales. Esto en sonidos como el viento, las aves, las mascotas, las voces; hasta en sonidos que desde hace siglos acompañan nuestra supervivencia y el sentido de nuestra existencia, como vehículos motorizados, maquinaria de trabajo, los gritos y algo posiblemente cercano a esto último como la música; tanto la que gusta como la que disgusta.
Desde esta perspectiva se puede hallar la utilidad de lo inevitable, aclarando que los sonidos que a diario percibimos, terminan alojados en nuestra conciencia, en nuestra memoria, alterando nuestra atención, robándonos la calma o sacudiendo nuestra dispersión mental. Y todo gracias a la bocina de un carro que pasaba por la calle, el rugido de una motocicleta o la promoción comercial que se anunciaba acompañada de la música del momento. Estos sonidos y otros más conforman nuestra cultura del ruido; a ellos sumémosle el llamado “ruido mental”, esa voz que se confunde con el pensamiento y que se apodera de la atención de una mente empujada al agotamiento sensorial.
Es un hecho que en Bucaramanga la contaminación auditiva va en aumento. Y ante esta variable realidad, surgen iniciativas disruptivas como el arte sonoro. Esta es una forma especial de escultura o instalación, en la que los espectadores interactúan con elementos físicos que producen sonidos de diferentes tonos. En esta ocasión, la artista Lorena Chajín presenta su creación Fractales melódicos, donde caracoles impresos en 3D, y materiales como agua y tela, se combinan con la acción que el visitante de la exposición aplique sobre ellos, creando un sonido que, como en casi todo arte, integra mundos internos y externos a través de la creación. Fractales melódicos estará disponible en la Casona UNAB hasta el 28 de noviembre.












