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Miércoles 05 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Lo que queda por decir: arrepentimientos al final de la vida

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Por consejo de mi querido tío, el Dr. Ítalo Barragán —quien lee regularmente mis escritos— me preguntó cuáles son los deseos no cumplidos o los arrepentimientos más frecuentes que expresan los pacientes al final de la vida. Hoy quiero compartir algunos de esos casos especiales que he acompañado, y que suelen generar un profundo sufrimiento.

Conozco algunos videos y publicaciones en redes sociales que abordan el tema, donde muchas personas dicen arrepentirse de haber trabajado demasiado y no haber dedicado suficiente tiempo a su familia. Sin duda, ese es uno de los grandes temas. Sin embargo, producto de mis conversaciones al lado del paciente moribundo, encuentro otras preocupaciones que, en mi experiencia, son aún más frecuentes.

Tal vez las circunstancias que más sufrimiento generan son aquellas en las que la persona siente que su misión en la vida ha quedado inconclusa. Pienso especialmente en madres jóvenes con hijos pequeños, o en personas que tienen a su cargo seres que no pueden valerse por sí mismos. Cuando sienten que la vida se les escapa sin haber cumplido esa misión, desarrollan un sufrimiento severo que en medicina paliativa llamamos “dolor total”. En mi experiencia, este tipo de dolor hace que el proceso de morir sea especialmente difícil y desgarrador.

Recuerdo también a un paciente muy querido, un empresario con cierta holgura económica, cuyo arrepentimiento era no haber creado una empresa con impacto social. Se sometió a tratamientos oncológicos paliativos con la única intención de prolongar su vida unos meses más, mientras lograba poner en marcha ese proyecto que había soñado durante años.

Creo que los arrepentimientos no se pueden generalizar. He tenido pacientes que disfrutaron profundamente de su trabajo hasta el final. Recuerdo con especial cariño a uno que trabajó casi hasta su último día, porque realmente le producía satisfacción. Tal vez ahí esté la diferencia: cuando el trabajo deja de ser fuente de realización y se convierte en generador de estrés o ansiedad, es más probable que se transforme en motivo de arrepentimiento.

También he visto arrepentimientos en los familiares, por no haber pasado más tiempo con el enfermo o por sentir que no hicieron lo suficiente. Recuerdo un caso en particular, de un paciente que solicitó eutanasia. En su familia se generó un sentimiento de culpa, pues se interpretaba que él la pedía porque pensaba que nadie lo acompañaría en ese momento. Luego de aclarar la situación con ellos —porque casi siempre es un problema de comunicación— se logró una despedida más serena.

Uno de mis pacientes, un joven de 17 años, me dijo en consulta que su gran sueño era volar. A pesar de tener una limitación física derivada de su enfermedad —le habían amputado una pierna— logramos cumplirle ese deseo antes de su muerte. Posiblemente pocas cosas son tan satisfactorias como ayudar a cumplir un sueño en el umbral de la despedida.

Durante mi entrenamiento en California conocí una fundación dedicada a cumplir estos deseos, especialmente en pacientes jóvenes. Desde entonces, aprendí que a veces, un solo gesto puede transformar el final en algo profundamente humano.

Porque al final, no se trata de cuánto vivimos, sino de cómo logramos que la vida —incluso en su último suspiro— tenga sentido.

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