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Jueves 13 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Sospechar antes de creer

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Alguna vez el derecho enseñó que toda persona se presume inocente hasta que se demuestre lo contrario. Hoy esa presunción se ha desvanecido más allá de los tribunales: en la vida cotidiana, todos somos sospechosos hasta probar lo contrario. Lo inquietante no es la sospecha, sino que aprendimos a vivir bajo ella.

No es solo un síntoma jurídico: es cultural. El país vive en alerta permanente. Hemos visto tanto engaño, tantas estafas y tanta crueldad gratuita, que desconfiar se volvió una forma de autoprotección. Nos hemos acostumbrado a revisar dos veces la cuenta, dudar del mensaje amable, preguntar si el favor tiene costo. La malicia dejó de ser excepción; ahora es método de supervivencia.

Oscar Wilde escribió en La importancia de llamarse Ernesto (1895) que la verdad raramente es pura y nunca simple. En Colombia, además, suele venir acompañada de firma autenticada, copia del documento y fotografías como prueba. Tal es el nivel de desconfianza que la buena fe, principio esencial de toda relación jurídica, ha quedado reducida a requisito notarial y copia autenticada.

La presunción de inocencia, ese viejo ideal humanista, ha sido reemplazada por la sospecha preventiva. Nadie necesita pruebas cuando hay rumores, titulares o un video de veinte segundos. La justicia del clic, veloz y anónima, condena más rápido que cualquier juez. Y la reputación —que antes se construía con años de conducta— hoy se destruye con un Twitter.

La raíz no es solo la malicia ajena, sino el miedo: a ser engañados, usados, traicionados. Hemos visto tanta maldad —cuidadores que maltratan, maestros que abusan, amigos que estafan— que vivir se volvió un litigio permanente donde hay que probar la inocencia para ser creído. Lo que en el derecho era excepción, en la vida se volvió regla.

Desconfiar se siente seguro, pero también nos empobrece. La sospecha corroe los vínculos, la empatía y el tejido social. Nadie se atreve a ayudar, a creer en la palabra dada o a tender la mano. Y cuando se pierde la fe en el otro, la justicia se vuelve trámite.

El derecho intentó proteger al individuo del poder, pero hoy el poder está en la multitud que acusa sin certeza y cree sin verificar. No hay juez más implacable que la opinión pública, ni sentencia más cruel que el rumor. Lo inquietante es que todos participamos del espectáculo, seguros de estar del lado correcto.

Hay necesidad de creer. El desafío no es desconfiar menos, sino creer mejor: hacerlo con prudencia, cumplir lo que decimos y honrar la palabra dada. Gestos pequeños —un saludo sincero, un trato justo, una promesa cumplida— aún sostienen lo que queda de humanidad y recuerdan que sin palabra ni coherencia no hay confianza ni justicia.

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