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Lunes 17 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

En la vida, ¿por qué corremos?

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La mayoría de las personas vivimos en una carrera, larga e interminable. Corremos sin pausa, pocas veces conscientes de ¡por qué, para qué y para dónde!

Hay una paradoja que se manifiesta en casi todas las vidas:

En momentos difíciles, cuando la incertidumbre y las crisis tocan la puerta, nos refugiamos en nuestros mínimos indispensables: hogar, salud, y tiempo en familia. En esos periodos, aun en medio de la preocupación, descubrimos que lo esencial y realmente importante siempre ha estado ahí, silencioso pero asegurado.

En cambio, cuando la vida nos concede regalos, con un éxito que parece no tener techo, emerge otra fuerza: la ambición natural por más, por lo máximo posible; propiedades, inversiones, viajes, lujos y experiencias particulares, que se vuelven objetivos insaciables. Y sin darnos cuenta, esa ambición suele ser a costa de lo esencial: hogar, salud y tiempo con seres queridos. Lo más esencial termina fracturado por lo más superficial.

El reto, inevitablemente, es encontrar un equilibrio: evolucionar en bienestar y seguridad hacia el futuro sin desatender lo que sostiene la vida por dentro. Como nos dice Tiz, mi abuela: “al final la máxima ambición es mantener lo esencial bien cuidado y, sobre todo, en compañía permanente de los seres más preciados”, compartiendo cosas tan comunes y especiales como su arroz con almendras o su flan de caramelo.

Lo bueno es que, en la mayoría de las vidas, al iniciar la época de los cuarenta (42,195), comenzamos a vivir lo que podría llamarse nuestra segunda vida. No porque aparezca otra, sino porque nos volvemos conscientes de que solo tenemos una. Las decisiones empiezan a orientarse hacia intereses personales profundos, guiadas por criterios propios y cada vez menos condicionadas por factores externos. Comenzamos, por fin, a vivir nuestra propia vida.

La madurez, con sus crisis y regalos, nos enseña algo que no aparece en ningún manual: terminan siendo más importantes las renuncias que las apuestas. Saber terminar aporta más que saber comenzar; evolucionar ciclos. Y la verdadera sabiduría no está en elegir siempre lo “correcto”, sino en aprender a convertir cada decisión en la mejor posible, sin compararla con hipotéticos escenarios paralelos que existen únicamente en nuestra incontrolada e imaginaria mente.

La vida termina pareciéndose a una maratón. Después de haber corrido los 42,195 km, uno entiende que la clave, más allá de una preparación, es administrar los recursos para llegar con energía al final. El último kilómetro revela lo que realmente construimos.

En cada vida, como en cada maratón, hay un muro invisible que se atraviesa solo con propósito, fe y pasión. La vida premia a quien logró correr a su propio ritmo, de manera auténtica y genuina, dejando una huella en sus seres queridos, su hogar.

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