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Lunes 17 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

La plaza olvidada

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Fue —ya no lo es— un ícono de la ciudad y, desde 1989, se encuentra abandonada. Ese año se incendió la Plaza de San Mateo y desde entonces comenzó su olvido, que ya lleva 36 años. Nadie se ha interesado seriamente en su reconstrucción y recuperación. Cerraron los ojos y se fue llenando de ratas, humedad y tristeza. Está como un gigante caído que se va pudriendo lentamente mientras crecen en su interior hierbas y animales ponzoñosos.

No ha habido autoridad alguna que se haya interesado por salvar la edificación, que data de finales del siglo XIX. Fue terminada en 1895. Su construcción cubierta la convirtió en la primera o segunda plaza de mercado de tales características en todo el país.

A ese mismo sitio llegó “Ambrosio Alfinger con su gente, tan fatigada de hambre, que casi ya no podían caminar; tampoco halló con qué repararla por no haber poblaciones de indios donde pudiesen tomar socorros de comida y parece que se la deparó Dios, descubriendo los soldados una ciénaga o laguna pequeña, cerca de donde se ranchearon, que tenía mucha cantidad de grandes caracoles de que se sustentaron”. Allí se iba a fundar Bucaramanga muchos años después, la “Meseta de los Caracoles”, lo dice Enrique Otero D’Costa, citando al “buen padre Simón” en el Cronicón Solariego.

El bello edificio de estilo republicano fue construido “para sacar el mercado dominical del hoy Parque García Rovira”, contaba Edmundo Gavassa Villamizar.

Pues en ese lugar tan emblemático no se ha hecho nada. Nada para recuperar la Plaza ni tampoco para recuperar la laguna, que sigue oculta por cuenta de un cura que la maldijo. Todo este abandono por la desidia de nuestros gobernantes y por nosotros mismos. No hay doliente de ese edificio “construido en el mejor y más valioso” lugar de la ciudad. Ese sitio ya se olvidó, es otra historia, como se olvidó la casa del prócer Custodio García Rovira, fusilado por Murillo. Ahí, como la Plaza, se sigue cayendo pedazo a pedazo, a pesar de la Resolución 3595 de 2014 del Ministerio de Cultura, que aprobó el Plan de Manejo y Protección para la histórica casa. Sigue pendiente su recuperación, que la vuelva un lugar con alma para los bumangueses.

Pero volvamos a la laguna, que sigue enterrada porque tenía fama de “brava” en 1888, según la leyenda, y muchas veces “había querido comerse el pueblo”, hasta que un sacerdote “arrojó al fondo un San Mateo de oro”. Entonces la laguna desapareció, aunque el mito es que en un día de “Fieles Difuntos” reaparecería y entonces “se tragaría la ciudad”… como se la está tragando ahora la politiquería.

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