Si partimos del concepto de ciudad como un sistema vivo y dinámico, donde el territorio, la economía, la sociedad, la institucionalidad y la tecnología se articulan para generar bienestar y productividad en una plataforma estratégica de desarrollo y gobernanza, Bucaramanga está hoy más cerca de ser un asentamiento densamente poblado con una organización básica que una ciudad en el estricto sentido del término. No son los mejores tiempos para la capital de Santander.
A la fecha, las elecciones atípicas evidencian una ciudadanía apática frente a lo público; unos dirigentes más atentos a tejer alianzas políticas y promover proyectos irrealizables en el corto plazo que comprender la realidad cotidiana de sus habitantes; y un sector económico que lucha por mantenerse a flote pese a la inestabilidad institucional y crisis de infraestructura que atraviesa la región. A este cuadro se suma un hecho preocupante, estos tres pilares —ciudadanía, política y economía— están desarticulados, lo que impide construir una hoja de ruta capaz de coordinar decisiones públicas y privadas para transformar el territorio en el mediano y largo plazo.
Bucaramanga, además, no ha logrado resolver si debe dar continuidad a un proyecto de ciudad que, pese a llevar dos años en ejecución, reproduce desde su propio eslogan, “Bucaramanga Bonita otra vez”, un modelo de liderazgo anclado en lógicas del pasado; o si, por el contrario, debe tomar distancia del continuismo y apostar por un cambio de 180 grados. Una muestra evidente de esta falta de claridad estratégica es que las propuestas de campaña de los candidatos a las atípicas no difieren sustancialmente ni en las formas ni en el fondo.

Ante tal panorama, y luego de un necesario acto de contrición colectiva que reconozca nuestros problemas estructurales, los cuales hemos señalado en múltiples oportunidades, porque sostener que “vamos bien” no solo es engañoso, tampoco aporta a la solución. El liderazgo que asuma las riendas del municipio durante los próximos dos años deberá generar estabilidad y normalización institucional, por encima de proyectos faraónicos, promoviendo un diálogo amplio y honesto. Además, sembrar la semilla de un proyecto de ciudad construido sobre una arquitectura estratégica integral que articule visión, gobernanza, planificación, inversión y ejecución.
Bucaramanga no puede continuar a la deriva, sin un plan transversal que trascienda cualquier posición ideológica del gobernante de turno y sin una hoja de ruta alineada con la escala metropolitana y departamental. Necesitamos dejar de reaccionar y empezar a dirigir nuestro futuro mediante una planeación que articule lo político, lo técnico, lo jurídico y lo social bajo un horizonte de largo plazo. En dos años se puede hacer mucho: sentar las bases para construir una verdadera ciudad. Y por quien se comprometa con ello, votaré.











