Transcurridos 40 años del suceso del 13 de noviembre de 1985, la prensa se puso en movimiento la semana pasada para convencernos, como aparece en Wikipedia, de que lo acaecido al filo de la medianoche en la población de Armero fue un “desastre natural”. Los historiadores no creen en desastres naturales. No es natural que los primeros rescatistas llegaran 12 horas después al sitio. No es natural que la adolescente Omayra Sánchez estuviera tres días atrapada en el lodo, sin que nadie pudiera liberarla y salvarle la vida. No es natural que los fotógrafos hubieran tenido todo ese tiempo para llenar sus dispositivos de imágenes de ella, transmitidas al mundo entero, pero no hicieran nada para ayudarla a sobrevivir.
Los historiadores hablan, en cambio, de vulnerabilidades. La sociedad de Armero era extremadamente vulnerable y, por eso, sus autoridades hicieron caso omiso de los indicios de actividad del volcán nevado del Ruiz que todas las instituciones vulcanológicas habían reportado desde diciembre del año anterior. El mismo día de la erupción, las dificultades técnicas de las comunicaciones impidieron la eficacia de varios intentos de evacuación. Sin información técnica, las familias se aferraron a sus viviendas para impedir el riesgo de saqueos. Los sobrevivientes nunca tuvieron noticia de los mapas de riesgos que ya habían sido preparados porque los comerciantes se opusieron a su distribución. Ni siquiera la ceniza que ya cubría las calles en la tarde pudo motivar la acción. Nadie ejecutó la orden de evacuación que dio la Cruz Roja de Ibagué. El ignorante alcalde de Armero solo pudo gritar por una radio casera “¡se nos vino el agua!”, cuando ya era arrastrado por el lahar.
Todo fue vulnerabilidad social. El vulcanólogo Bernard Chouet, quien leyó los registros de los sismógrafos, afirmó que el volcán estaba gritando “¡Voy a explotar!”, pero quienes vigilaban en el momento de la erupción no tenían experiencia para identificar las señales. Todos fueron culpables de la vulnerabilidad de Armero por ignorancia, desidia y acción. Una sociedad sin ese grado de vulnerabilidad no habría aportado 23.000 muertos. El desastre fue responsabilidad de una sociedad mal informada y peor conducida.










